José Carlos Llop

Otro efecto Babel

«Parece que incumplir las promesas hechas es algo aceptado socialmente y la promesa –que siempre tuvo menos importancia que el juramento– ha perdido aún más valor»

Opinión

Otro efecto Babel
Foto: Ballesteros| EFE
José Carlos Llop

José Carlos Llop

José Carlos Llop (Mallorca, 1956) es poeta y escritor. Su último libro de poesía, La vida distinta (Pre-Textos); de narrativa, Oriente (Alfaguara).

Hay dos expresiones que todos hemos oído: una es ‘jurar por lo más sagrado’, que imagino ha desaparecido en el tiempo porque apenas nadie jura y el término sagrado descansa en el desván de los trastos viejos. La otra es ‘promesas incumplidas’. Ésta, como el uso del verbo prometer, se oye más a menudo. Parece que incumplir las promesas hechas es algo aceptado socialmente y la promesa –que siempre tuvo menos importancia que el juramento– ha perdido aún más valor. Se espera su incumplimiento, se ve venir, una promesa es poca cosa ahora.

No creo que por ser poca cosa, la fórmula de la promesa se haya impuesto a la del juramento en la toma de posesión de los cargos públicos. Más bien pienso que se ha querido optar por la promesa –tanto por cuestiones ideológicas como para rebajar dosis de pompa– para dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. O sea, para no mezclar a Dios en ciertos asuntos de los hombres. Por eso, prometer en vez de jurar puede interpretarse como la voluntad de no deteriorar la solemnidad de un juramento y la raíz de esa voluntad sería el respeto hacia la religión de donde venimos todos los occidentales: cristianos, agnósticos y ateos. No es una humorada, quizá un capricho, pero prefiero dejarlo así. Y en todo esto es lógico que no se acepte el crucifijo como testigo, tanto si no se cree como si se hace. El primero porque lo ve como un fetiche ajeno; el segundo porque lo considera una experiencia íntima y recuerda que no hay que tomar el nombre de Dios en vano y en política lo vano asoma por muchos sitios.

Estos días leí un titular que decía que ninguno de los nuevos ministros había jurado su cargo, ni había tenido el crucifijo delante, ni la Biblia al lado o bajo su mano: sólo la Constitución. Ésta es ya una costumbre que se ha impuesto, pero este titular me hizo pensar en lo dicho hasta ahora y al llegar a la Biblia me asaltó una duda: al apartarla de sí en un día tan importante de su vida, ¿han pensado realmente lo que están apartando? ¿Es una decisión racional o una pulsión instintiva agazapada en prejuicios poco meditados? ¿Acaso la confunden con un libro confesional?

Dejemos de lado su carácter de libro sagrado, y no entraremos en lo de libro revelado, porque la Biblia está formada por muchos libros y algunos son revelados, pero la mayoría no. Mirémoslo, pues, como un libro de libros –perdón: El libro de los libros– y como tal una piedra angular de nuestra cultura y la raíz –probablemente la más potente– de lo que somos o hemos llegado a ser. ¿Hay que prescindir de eso? De La Biblia sale Cervantes, como sale Cervantes de Las mil noches y una; de La Biblia sale Shakespeare cuya obra Harold Bloom llamó «la invención de lo humano» y detrás de esa invención, antes de esa invención, está La Biblia y en ella tantos argumentos que Shakespeare reconvierte para contarnos nuestras pasiones; de La Biblia sale Borges y cuánto, cuánto Borges sale de La  Biblia…

No hablemos ya del humor de Swift o del humor de Sterne o del humor de Cervantes –a vueltas con Cervantes siempre– que también tienen sus deudas con el humor del Nuevo Testamento por un lado y de algunos profetas por otro. Y pensemos en la poesía de Occidente y su entronque o influencias de Oriente y entonces la Biblia aparece en primer plano: lo hace en el Génesis, lo hace en el Eclesiastés, lo hace en El cantar de los cantares y ahí, sobre todo en los dos primeros, está el gran T.S. Eliot, como está otro grande, W.B. Yeats, como está también el tono de Walt Whitman. Y del Apocalipsis de san Juan deriva cierto William Blake y deriva también parte de la poesía visionaria a caballo entre el XIX y el XX y mejor no sigamos por no resultar pesados, pero vuelvo a preguntar: ¿prescindir de todo esto de manera institucional, nos mejora? ¿Acaso estorba aquello que nos hace compañía y nos la ha de hacer siempre, enriqueciéndonos y explicando quiénes somos y de dónde?

Porque también eso se rechaza al apartar la Biblia en una ceremonia. Lo más curioso es que estas cosas ocurren en la época donde renacen tabúes atávicos, probablemente porque libros como los de la Biblia nos protegían de esa dispersión y su apartamiento nos aboca a que los mitos tribales hayan regresado. Se aparta la universalidad de lo que somos y el lugar que ocupaba esa universalidad lo copa ese otro mundo que Jünger llamaba «de los titanes». Y nada me gustaría más que equivocarme en el diagnóstico.

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