Inaki Arteta Orbea

Ötzi

La violencia es evitable, dice un prestigioso y voluntarioso organismo internacional. Más bien se constata que inevitablemente acompaña al ser humano.

Opinión

Ötzi

La violencia es evitable, dice un prestigioso y voluntarioso organismo internacional. Más bien se constata que inevitablemente acompaña al ser humano.

Cuando en 1991 fue descubierto en los Alpes, Ötzi, el Hombre del Hielo, el humano mejor conservado de la historia y que vivió hace más de 5.000 años, aún llevaba su gorra de piel, puntas de flechas, un puñal, zapatos de cuero, tenía tatuajes y en una mochila, unas setas con propiedades medicinales. El perfecto estado de la momia permitió descubrir además, que tenía incrustada en un pulmón la punta de una flecha, cortes violentos en el pecho y profundas heridas en la cabeza.

En los restos de sangre de las flechas se encontró ADN de otras dos personas, de una tercera en el puñal y de una cuarta en su ropa. Según la reconstrucción, mató a un hombre con una flecha, la recuperó, quitó la vida a otro hombre, volvió a recuperar la flecha y cargó con un compañero herido a la espalda antes de encontrarse con las flechas de sus asesinos. No murió de frío sino asesinado, sufriendo una muerte lenta y agónica seguramente por asfixia y/o desangramiento. Un crimen prehistórico. Así se las gastaban en la Edad de Cobre.

La violencia es evitable, dice un prestigioso y voluntarioso organismo internacional. Más bien se constata que inevitablemente acompaña al ser humano. En el uso de su libertad está la posibilidad de hacer tanto el mal, el mal extremo, como el bien. Ese mal que va, del ejercido sin salir de la propia casa, al masivo o indiscriminado en nombre de lo que sea.

También dice que los conflictos deben solucionarse “por vías pacíficas y de diálogo”. El diálogo está bien con los amigos y seguramente será aconsejable con algún tipo determinado de enemigo, pero por encima de la rotundidad con la que se presentan sus bondades todopoderosas, debe (debería) estar la esperanza en la Ley que, desde la Edad de Cobre, ha tenido tiempo para ir lentamente enriqueciéndose a base de un diálogo entre iguales, no para atajar definitivamente el mal, sino para protegernos de él o al menos aislarlo.

 

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