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Pablo Iglesias, el hombre que quiso ser todo

Foto: zipi | EFE

Escisiones, descensos electorales y otras metidas de pata. La estrella de Pablo Iglesias, dicen algunos, está en vías de apagarse. Por mi parte, no estoy nada seguro de que la carrera de quien creo que es el político de su generación políticamente mejor preparado, esté en fase terminal. Sí es cierto, sin embargo, que parece haber entrado en una fase menguante.

Inspirado por una conversación que tuve con un filósofo hace unos meses, quiero plantear una hipótesis que intenta explicar esa etapa descendiente. Iglesias, antes que politólogo, político, o habitante de Vallecas o Galapagar, es un mitómano. Basta ver el entusiasmo y el profundo conocimiento con los que habla de algunas figuras políticas, reales o ficticias, coincidan o no con su ideario, así como la vivacidad con la que evoca algunos episodios políticos pasados. A veces, se trata de mitos negativos; otros, en cambio, adquieren la solera casi indeleble del modelo a seguir. Pablo Iglesias siempre ha estado fascinado por la Transición: en un primer momento, de un modo muy crítico, como un mito a ser derribado.

Más tarde, reconsideró esa enmienda a la totalidad y encontró una nueva manera – también mitómana – de relacionarse con la Transición. Entendió que el socialismo español surgido en la Transición era el modelo a seguir. No sólo desde el punto de vista de la socialdemocracia militante, sino sobre todo en el sentido de la estrategia a imitar para alcanzar la práctica hegemonía política, cultural y comunicacional conseguida por los socialistas durante los ochenta y noventa.

Iglesias se dio cuenta de que para alcanzar no sólo el poder sino esa hegemonía hacía falta un Felipe González, pero también era menester un Iñaki Gabilondo y un Javier Pradera. El triángulo González-Gabilondo-Pradera propició la hegemonía política, cultural y comunicacional socialista. González disponía de la maquinaria institucional del ejecutivo. Gabilondo lanzaba el mensaje socialista desde la radio todas las mañanas y llegaba a las personas que, por decirlo de manera inexacta e injusta, no leían (por lo menos a primera hora de la mañana). Y Pradera, o sea, El País y la órbita intelectual alrededor del periódico, lanzaba – ¿y creaba? – el mensaje para las personas que, por decirlo de manera muy pedante, sí leían. Era un entramado, una superestructura – para ponerlo en términos más o menos marxistas –, infalible. Se cubría casi todo el espectro izquierdista-progresista-liberal. Era una estrategia ganadora.

Iglesias mitificó el triángulo González-Gabilondo-Pradera. Se trataba del mito bueno de la Transición, el modelo sobre el cual intentar construir su proyecto una vez aparcado, al menos en apariencia, el “asalto a los cielos”.

El problema fue que Iglesias quiso ser simultáneamente González, Gabilondo y Pradera. Con su triple actividad de líder de Podemos, presentador de programas de televisión y su ininterrumpida voluntad de seguir interviniendo y marcando la discusión intelectual, Iglesias intentó encarnar a la vez al político hábil que fue González, al comunicador popular que fue Gabilondo y al gran mandarín intelectual y cultural que fue Pradera.

Lo que ha terminado ocurriendo, sin embargo, es que se ha convertido en un político en contadas ocasiones hábil, en un comunicador influyente sólo en círculos reducidos y en un mandarín distraído. Intentar ser muchas cosas a la vez es casi una garantía de terminar siendo ninguna de esas cosas.

En Un polaco en la corte del Rey Juan Carlos (1996), el añorado Manuel Vázquez Montalbán le pregunta repetidas veces a Javier Pradera, en una conversación reproducida en el libro, si él es el consejero áulico de Felipe González. Pradera, como hace todo buen consejero áulico, niega serlo. Pero supongamos – y no es mucho suponer – que sí fue, al menos durante un tiempo, el consejero áulico de González. Ahora imagínense a Pablo Iglesias ante el espejo, personificando a la vez a González y a Pradera y haciendo dialogar a Iglesias/González con su consejero áulico Iglesias/Pradera. O sea, imagínense a Pablo Iglesias aconsejándose a sí mismo. Un desdoblamiento delirante. Y, sobre todo, una garantía de fracaso.

No sé si la estrella de Iglesias está en un declive definitivo. Lo que sí sé es que parar ese declive, si es que aún está a tiempo de ello, depende de que elija intentar ser sólo González y deje que haya otros (Monedero, me temo, quedaría descartado) que hagan de Gabilondo y de Pradera. De lo contrario, tal vez se confirme, como en la canción de Wilco, que la estrella de Iglesias es ahora mismo un sol crepuscular.

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