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Pablo Iglesias quiso ser populista y fracasó

A veces nuestro temor al populismo es tan profundo que se nos olvida que es, como cualquier emprendimiento político, un negocio difícil, incierto, que requiere esfuerzo, consistencia, liderazgo y disciplina; que intenta cumplir, como todo, su destino en una senda tan equidistante del triunfo como del fracaso. No es cosa fácil ganar decenas de millones de votos. Aún haciéndolo con mensajes utópicos. La tarea de cualquier político es prometer y ser creído. La del populista es bajar a la tierra el reino de los cielos. Ya me dirán quién lo tiene más difícil.

Si algo nos muestra el escándalo de la compra del chalet de los 600.000€ de Iglesias y Montero es que Pablo, político al fin, no tiene un oficio envidiable. Se dice mucho que mentir es siempre la solución más fácil a los problemas. Vale. Pero mentir es difícil. Los líderes democráticos, tradicionales o populistas, suelen tambalearse entre dos absolutos arquetipales: los que, además de ser buenos gerentes, son maestros del pasilleo político; y los que dibujan a Ítaca en la fogata. Los últimos, como Chávez o Trump, son tan geniales como los primeros. Por más que les critiquemos no podemos negarles el arte.

Trump lleva año y medio lidiando con escándalos de muchísima mayor envergadura que el chalet de Iglesias. Ninguno ha podido con su bravado ni sus fake news. Ahí siguen sus seguidores, tan enfebrecidos como en el primer día. Sus mentiras siguen convenciendo. Cómo lo hace es materia de otro ensayo. Mi teoría es que los verdaderos líderes populistas no son, como se teme, megalómanos. Lo que son es mitómanos. No es que quieran asirse del poder eternamente, es que quieren hacer realidad las mentiras que ellos mismos se creen. Prepondera en ellos la locura, no el cinismo. Son profetas, mercaderes de una fe venden y también consumen. La revolución que buscan empieza en sus cabezas. Por eso mienten con tanto fervor. Por eso convencen.

Es por esta razón que no le temo ni un poquito al PODEMOS de Iglesias. Todo partido populista requiere, sobre todo, un líder sobrehumano. Un populista auténtico. De los que crean universos paralelos de postverdades. De los que inspiran llanto en sus discursos. De los que dominan los medios de comunicación. Como Trump, Chávez, Mussolini. Pablo Iglesias, en su cinismo, en la mediocridad de sus mentiras, en sus aspiraciones suburbanas, no le llega ni a los tobillos a los verdaderos mesías de su entorno.

Yo le recomendaría a PODEMOS que, si quiere seguir siendo populista, se busque a otro líder de mayor estatura. De lo contrario se convertirán en un caso curioso en la historia política reciente: un partido que intentó ser populista y, falto de populismo, fracasó. Por eso mi esperanza es que Pablo Iglesias gane su plebiscito. No hay mejor vacuna para el populismo español que un portavoz tan blandengue.

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