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María José Fuenteálamo

Pablo y su voracidad por ser amado

«Iglesias ha resultado mejor en la batalla, la arenga y la campaña que en el despacho. No hay problema. Es más guerrero que cuidador»

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Pablo y su voracidad por ser amado

Pablo Blazquez Dominguez | Reuters

Hay que reconocerle a Pablo Iglesias que no es de los que se aferra a la silla. Porque vicepresidente del Gobierno no es cualquier cosa y menos para un partido que no llega a 10 años en el mercado. Mucha crítica al chalé, pero al final parece que el líder de Unidas Podemos no encaja en el modelo de político que se apoltrona en su escaño y se da atracones de series. No, Pablo Iglesias ha venido a cambiar las cosas. O eso quiere vendernos. Aunque, al final, su bandera sigue siendo la del guerrero. Deja a la tropa, a la familia, en casa y se lanza a batirse fuera de la cueva. Hubo una vez que se cogió una parte de la baja maternal, pero se ha quedado como aquel padre que cambió un pañal y le hicieron la ovación para desesperación de la madre que cambió todos los demás. Porque aquí la niñera no era de Iglesias, sino de Montero.

Tras la baja paternal, volvió el guerrero. Como ahora. Y una cosa es vender nueva masculinidad y otra cumplirla. Lo contrario del feminismo no es el machismo, sino quitarse de cuidar a la primera de cambio. Y eso que la tarea asumida era de primera línea: nunca las residencias de ancianos necesitaron tanto un gestor global. Pero es más bonito guerrear que coordinar. La batalla electoral luce más que la responsabilidad de administrar. Que gestionen (cuiden) otros.

La escritora y feminista Laura Freixas ha analizado la dicotomía hombre/mujer en la historia de la literatura y el cine. A grandes rasgos, define un estereotipo básico por sexo. Al estereotipo, en cualquier caso, le puede ir bien o mal. El rol del hombre, en general, era el guerrero, el viajero, el descubridor. Puede ser triunfador y lo queremos. Pero si pierde, también lo comprendemos. Porque ha luchado.

El estereotipo de mujer era la madre. Se adora a la que es cuidadora. A la que da amor. Encaja en la definición que hace Erich Fromm en El arte de amor: amor son cuidados, responsabilidad, respeto y conocimiento. ¿Viajera, conquistadora? ¿Cómo va a abandonar lo que está atendiendo para enarbolar otras banderas? Habrase visto. Si la mujer se desviaba del camino se convertía en bruja, en sospechosa. No había perdón para la que se quitaba de cuidar. La verdadera igualdad llegará el día en que ellos tengan que montar, con el mismo tono que nosotras, estallando en público por la carga del amor y con camisetas incluidas, un club que grite somos malospadres. Y anda por aquí, porque ya empiezo a escucharlos.

Ahora, el hombre-bueno-guerrero que aparca todas sus obligaciones y busca otros caminos también lo hace por amor. De hecho, sale a buscarlo. ¿Cómo? Prometiendo amor. Vende que te va a cuidar a ti, votante. Es la mejor forma de conquistar. Pero una vez seducido el objetivo, llegado el momento de quedarse, qué vértigo ante lo aburrido de detenerse. Del compromiso. Como el don Juan al que le puede la voracidad por ser amado… en otro sitio. La eterna necesidad de sentirse querido, pero sin importar el sujeto. Como cuando de niño deshojas una margarita pensando en cualquiera, solo fantaseando con que alguien te ama. No buscas querer, lo que te gusta es que te quieran. Decía Nietzsche que «hay que saber qué se quiere y que se quiere». Asumirse.

Ese «¿me quieres, no me quieres?» es lo que se pregunta al votante… La espera de la respuesta pone la oxitocina y las endorfinas a tope. Nada que ver con estar peleándose desde un despacho con otros problemas. Enfrentarse al público, a las encuestas, eso es lo que da el subidón. Bien lo saben en Twitter e Instagram con sus funciones —que me corrijan los millenials el término— para crear encuestas y lanzar preguntas a tus seguidores. Las redes leyendo los deseos de nuestra mente.

Iglesias ha resultado mejor en la batalla, la arenga y la campaña que en el despacho. No hay problema. Es más guerrero que cuidador. Que cada uno asuma su rol. De ser así, que el descanso del guerrero sea en un cuartel de campaña o en un chalé dándole al mando de Netflix no supondría mayor problema. Lo malo está en vender lo contrario.

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