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Pachorra

Foto: gianni | Flickr bajo Licencia Creative Commons

Es curioso que siendo un supremacista de tomo y lomo, Torra se empeñe en cumplir a rajatabla todo tópico hispano que le pongan por delante. Tenemos fama (injusta, qué duda cabe) de escurrir bultos y marrones, practicar con notable arte la ley del mínimo esfuerzo y, con pícara maestría, aprovechar cualquier prebenda que la fortuna tenga a bien brindarnos. Desde que fue elegido presidente de la Generalitat, nuestro hombre no ha hecho otra cosa que vivir según las normas del buen activista subvencionado.

Si alguien movido por una curiosidad tortuosa decide darse un garbeo por el twitter de Torra, advertirá que la cotidianeidad del Molt Honorable evita en todo momento el frenesí y ajetreo propios de su cargo institucional. Lo suyo no es la política ni la férrea gestión diaria, viene a decirnos con sus fotos contemplativas, su ratafía, su foc de camp, sus caminatas campestres y sus versitos noucentistes; lo suyo es un amor patriótico tan desbocado que toda dejación de responsabilidades justifica.

Es tal su pachorra que no tuvo empacho en vendernos una dieta apresurada y milagrosa antes de Navidades como un ayuno solidario para con los políticos enchironados. Y a tenor de su rostro sin sonrojo poco parece importarle exhibir sin disimulo la tomadura de pelo. Como cuando llama a la rebeldía ciudadana y a la desobediencia civil pero mantiene cerrados los calabozos, pese a ser en última instancia el máximo responsable de la seguridad catalana.

Ahora ha decidido darse un garbeo por los EUA con todos los gastos pagados y con la finalidad de explicarle al vacío de la noche los sufrimientos del subyugado pueblo catalán. Ocioso añadir que solamente le han prestado atención las cámaras y los micrófonos de los medios de comunicación engrasados con dinero público. A ellos ha declarado al borde de la carcajada: “Iremos donde sea necesario del mundo a explicar la gravedad de la situación política catalana”. Efectivamente, la presencia de Quim Torra como presidente de la Generalitat en cualquier parte del mundo es suficiente para explicar la gravedad grotesca de la política catalana.

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