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Padres jóvenes

Foto: @bonniekdesign | Flickr bajo Licencia Creative Commons

Es una de las pocas cosas que desde muy crío no le pasa a uno desapercibido. En una de sus primeras manifestaciones, el niño repara en que muchos de los padres de sus compañeros de clase revisten un aspecto casi de avanzada edad respecto a sus progenitores. Entonces comprende, en primer lugar, que sus códigos de comprensión del mundo, en los que la edad de los padres está presente, no son universales y explican más de la propia experiencia vital que del funcionamiento de este lugar al que ha llegado hace poco y cuyos recovecos no se cansará de escudriñar. Luego entiende que, si todo marcha bien, su madre algún día envejecerá, pero jamás lo hará respecto a los años que de él la separan.

No puedo aventurarme a establecer que la edad con la que los padres se animan a serlo determine el tipo de relación de estos con sus hijos, pero sí puedo asegurar que la premura que para tamaña tarea se dieron los míos me viene acompañando desde entonces, en los episodios más intrascendentes y en los más cruciales. Recuerdo haber ido a ver a papá jugar de portero algún domingo, antes de que él lo hiciera años después con mi hermano menor. Sólo con el paso del tiempo comprendí que aquellas pocas horas, a sus veintiséis o veintisiete primaveras, eran todo lo que él tenía para que la paternidad no se llevara consigo lo que había constituido su identidad. Sé que papá jamás ha entendido así las cosas, pero ¿cuán deshonesto sería, con más años a las espaldas de los que él tenía cuando nací, ignorar el enorme sacrificio que le supuse?

Confieso que me resulta difícil huir de la tentación de compararme con mis padres y me pregunto muy a menudo qué fue, por ejemplo, de las inquietudes, frustraciones y deseos prohibidos que a ellos debieron llegarles cuando tenían ya criaturas a cargo. Digo debieron porque nunca tendré la certeza de que, tras el rostro de mi madre, incansable todas las mañanas y todas las noches, se escondieran tantas dudas y tantos miedos como los que a mí me caben hoy. No sé si para entonces ella ya había llegado a la conclusión de que no hay una respuesta ni una solución que acabe para siempre con la incertidumbre, o si lo descubrió una mala tarde de la que yo sólo recuerdo que olvidó prepararme la merienda. Lo que sí creo es que, por más que ellos se cuidaran de ocultarlos, mis padres cometieron errores y sufrieron decepciones mientras yo crecía, muchas situaciones que les hicieron cambiar de ideas y de actitud ante tantas cosas importantes.

Desde hace ya años, sus desgracias y alegrías las llevan compartiendo en primer lugar con sus hijos. Y es que ahora, cuando siguen en la cuarentena ambos, atraviesan una anómala situación que es la de que las personas que más te importan sean, en términos de conversación, adultos como tú. A veces ha sido insoportable. Un divorcio a finales de la adolescencia te lleva a preguntarte por qué diablos no son tus caprichos los que protagonizan el drama familiar en plena competición de egos. Sin embargo, que la verde edad de mis padres propiciase, tarde o temprano, que sus errores de juventud quedaran al descubierto de mis ojos, es el mejor antídoto, en forma de alivio eterno, que me han podido dejar frente a las incertidumbres. Uno quiere ver en sus padres un ejemplo siempre, lo verdaderamente difícil es asumir que lo ejemplar es lo más humano y eso no está exento de fallos que requieren un incómodo perdón.

Tener los padres jóvenes entraña además el inconveniente de que, al intentar asomarse a su pasado, ese en el que no existías, es siempre demasiado reciente y menos interesante –su infancia, no tan distinta a la tuya- y demasiado escueto. Pero su presente contigo es inmenso y, si Dios quiere, muy largo y repleto de ocasiones para seguirles disculpando

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