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Paisaje para después de la batalla

“Me zurraron por todas partes. Era gibelino para el güelfo, güelfo para el gibelino”.
Michel de Montaigne, Ensayos.

 

No consigo encontrar en el asunto catalán nada que pueda resultar de interés salvo el efecto secundario, y sin embargo notable, de haber sacado a flote nuestra rudimentaria cultura política. No en balde el fervor de los creyentes que a uno y a otro lado de la frontera enarbolan sus doctrinas confirma nuestro deprimente destino. Unos claman al cielo y otros alardean con prepotencia. Y es sorprendente el modo en que cada uno invierte las tornas alardeando o clamando según convenga o parezca inclinarse la balanza a su favor. Las virulentas acusaciones de uno y otro bando, y no digamos los reproches de las bandas atentas a su toque de corneta, son réplicas tan veraces como voraces. Cada uno mete el dedo en la llaga ajena y lo hunde con saña.

Si el trastorno actual consigue soltar a nuestros demonios familiares camparán a sus anchas los inquisidores y comisarios del eterno tribunal. Su propósito será azuzar a la multitud de adictos a la causa y amenazar a los disidentes, cancelar las convenciones cosmopolitas y dar rienda suelta al furor bramante que desfila con banderas recién bordadas.

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Adolfo Suárez saluda al presidente de la Generalitat de Cataluña en Barcelona. | Foto: Wikipedia

El griterío que hemos oído regresar a calles y emisoras ha hecho visible la desdichada herencia de nuestro país. Después de cuarenta años de satisfecha complacencia he aquí que, al llegar la hora de conmemorar las elecciones de 1977, parece que se vuelve al punto de partida. El apego sentimental a la mística de la guerra civil ha brotado mordazmente (una pulsión que vemos palpitar en el oscuro cerebro colectivo) y de nuevo nos encontramos con una sociedad incapaz de ahuyentar a sus fantasmas (en el doble sentido de la acepción), administrar sus conflictos, encauzar sus polémicas y canalizar su brío con la astuta paciencia de la política.  

Paisaje para después de la batalla

Josep Tarradellas en 1931, presidente de la Generalidad de Cataluña en el exilio desde 1954 hasta 1977. | Foto: Wikipedia

Las instituciones ven salpicada la credibilidad de su imagen pues ha quedado a la intemperie su aspecto instrumental. Adaptado durante cuatro décadas a la lógica del partido político dominante, el edificio institucional no ha conseguido una autoridad propia, un respeto solvente y libre de toda sospecha. Aunque parezca asentado en la arquitectura constitucional, el edificio se tambalea a causa de la violenta sacudida de la insurrección independentista, pero también por nuestra incapacidad de perfeccionarlo.

Los sibilinos enunciados de la democracia (elaborados tras un milenario y doloroso ensayo) no encuentran cobijo entre la ciudadanía. No se ha interiorizado la inteligencia convivencial y cualquier disputa delata lo que hierve en las tertulias radiofónicas y televisivas: el anhelo de amordazar al contrincante. Con sarcasmos, bufidos o exabruptos, nerviosismo y ansiedad, los tertulianos soportan a regañadientes la razón política de cada cual. Se intenta disimular, pero nunca se consigue camuflar el verdadero afán: hacer callar a los demás.

“Si el trastorno actual consigue soltar a nuestros demonios familiares camparán a sus anchas los inquisidores y comisarios del eterno tribunal.”

El fundamento psíquico de esta ridícula ferocidad tribal es siempre el mismo: la ingenuidad. Un estadio de la evolución que sobrevive indemne al influjo de los tiempos modernos. La belicosidad de los íberos, la celopatía de los godos, la envidia de las taifas, el empecinamiento carlista, la petulancia ignorante de la corte, la pendencia futbolística y el egoísmo autista de las autonomías, propician el mismo instinto de la mentalidad primitiva.

Cuando la televisión emite las imágenes de los mítines electorales produce rubor lo que dicen los candidatos y pasmo el cándido entusiasmo del público. ¿A quién diantres aplaude la multitud arrebatada? Sea cual sea la rampante retórica de los oradores el objetivo es asombroso: que la muchedumbre celebre al monigote de una supersticiosa pasión. Entre un festival electoral y el siguiente apenas se encontrará nada más.

Cuando llega la hora de hacer política -reconciliar las contradicciones de lo posible, asumir la urgencia de lo imposible, ponderar los inconvenientes de lo inevitable, adoptar la guía de la razón, formular el dictamen del sentido común, administrar la complejidad…-, cuando toca dar al humanismo las herramientas de una ingeniería inteligente, resulta que ya no hay nadie y nadie escucha ya la jerigonza de los que a ojos de la opinión pública son unos mamarrachos tibios, blandos o traidores.

“Al fin y al cabo, para eso está Europa: para copiar lo que ha inventado el vecino.”

Que el balance de cuatro décadas de cultura política española haya coincidido con el estallido del asunto catalán debería incitar un amplio movimiento de rehabilitación y aglutinar líderes dotados con la sutileza y perspicacia del gran arte. Como no esperamos de ellos un inmediato derroche de imaginación, les sugeriremos imitar la mecánica constitucional que regula el sistema en Francia y Alemania (en su aspecto jurídico, cultural, educativo y de cohesión social). Al fin y al cabo, para eso está Europa: para copiar lo que ha inventado el vecino.

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Adolfo Suárez fumando un cigarrillo. | Flickr: Creative Commons

En la medida en que expresan la oposición de los contrarios, los conflictos nunca se resuelven. Sólo se superan. Y olvidan. En caso contrario, regresan una y otra vez a perturbar la paz civil. Para afrontar este proceso hace falta una destreza educada en la mejor escuela política: adoptar la cultura del pensamiento crítico, una ética libre de las vulgares tentaciones que han sobornado la vida española y fuerza de espíritu para alentar las mejores cualidades del ánimo colectivo. Pero sobre todo hará falta tomar una formidable decisión: la renuncia a la ilusión de la victoria. Lamento contrariar a los incautos, desmentir a los crédulos y decepcionar a los optimistas, pero la sociedad moderna no puede subsistir derrotando al adversario (sea real o imaginario). La victoria tan solo aplaza el retorno del conflicto. De ahí que un diálogo inteligente requiera descartar de antemano el desfile de los vencedores y la humillación de los cautivos. Siento decirlo, pero si queremos restaurar el equilibrio de una nación moderna será necesario que cada uno de los bandos enfrentados en el asunto catalán se extirpe el franquismo enquistado en sus entrañas. Pues su endemoniada visión del mundo como campo de batalla entre amigos y enemigos ha envenenado hasta lo indecible nuestra pobre, rudimentaria y primitiva cultura política.

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