Laura Ferrero

Paisajes lunares

Recorro estos días paisajes lunares. Cañones, valles desérticos, nombres evocadores que aparecen en el mapa cuya realidad está alejada de la evocación que promete su nombre. A través de las ventanas del coche, que siempre se dirige hacia una misma dirección –como si hubiera un tesoro encerrado en esa “x” imaginaria a la que me aproximo–, observo cómo la luz va cambiando y cómo los paisajes parecen siempre distintos en su infinita sucesión.

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Paisajes lunares
Foto: ED BETZ

Recorro estos días paisajes lunares. Cañones, valles desérticos, nombres evocadores que aparecen en el mapa cuya realidad está alejada de la evocación que promete su nombre. A través de las ventanas del coche, que siempre se dirige hacia una misma dirección –como si hubiera un tesoro encerrado en esa “x” imaginaria a la que me aproximo–, observo cómo la luz va cambiando y cómo los paisajes parecen siempre distintos en su infinita sucesión. En ocasiones, aunque estoy en el desierto, llueve con rabia y el horizonte se llena de rayos. Entonces me parece que el paisaje se transforma en otra cosa, en amenaza, pero enseguida me corrijo para decirme que, en realidad, el cambio no depende tanto de las cosas en sí sino de cómo las iluminamos.

Recorro estos días paisajes lunares y me acompaña un único libro, Quemar los días, de James Salter, en el que el escritor cuenta la historia de su vida, eso que comúnmente llamamos autobiografía. Leo menos de lo que me gustaría de manera que el punto de libro, que es la entrada a un parque de atracciones, sigue aún en la misma página. A Salter le tenía respeto: tiempo atrás leí Antigua luz y me costó terminarlo. Vuelvo a él con la esperanza de que me equivocara. A veces, como con los paisajes, no basta con una primera mirada, los ojos tienen que acostumbrarse para poder ver bien.

Quemar los días no es su historia sino lo que recuerda de ella o, mejor dicho, lo que quiere recordar. A medida que pasa el tiempo, el nuestro, es la memoria la que se convierte en algo parecido a una patria, a un lugar de origen: es ella la que termina conformando nuestro mapa. Tengo marcadas un par de páginas que he releído varias veces estos días y que me acompañan en mis paisajes: imaginemos que uno piensa en su vida como si ésta fuera una casa. En ella hay un comedor, una sala de juegos, la cocina, las habitaciones. El caso es que Salter afirma que escribir unas memorias es como iluminar las ventanas de esa casa. Uno nunca alcanza a ver todo lo que hay dentro de una estancia, claro que ese es el problema que tienen las ventanas y la escritura. Como ocurre en cualquier casa, y en cualquier vida, no puede verse todo lo que hay dentro.

Como decía, recorro estos días paisajes lunares, paisajes a los que hoy vuelvo por segunda vez. Y es curioso pero es ahora, con esta luz distinta, la de la tarde, cuando creo que puedo empezar a entenderlos. Los paisajes, los libros y sobre todo las personas, merecen una segunda oportunidad, aunque la sabiduría popular diga lo contrario. Y escribir sobre la vida de uno es difícil pero al final, como en el caso de los paisajes, es también una cuestión de luz.

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