Marta Parreño Gala

Paisajes

El Carnaval de Río me ha ganado: me quedo con este nido de humanoides desorientados, confundidos en una nada hiperpoblada de seres iguales que han perdido el rumbo, (la chaveta) y la identidad.

Opinión

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Marta Parreño Gala

Marta Parreño Gala

Periodista y cineasta. Escribo, filmo y creo. He rodado 7 cortometrajes y trabajado en El Periódico de Catalunya, Ling Magazine, COM Radio y La Vanguardia. Ahora en Adams Editorial.

El Carnaval de Río me ha ganado: me quedo con este nido de humanoides desorientados, confundidos en una nada hiperpoblada de seres iguales que han perdido el rumbo, (la chaveta) y la identidad.

Tengo que confesar que hoy The Objective nos lo ha puesto muy difícil. Entre garrapatas asesinas, guarderías de estrellas y pistas de fuego una no sabe muy bien a qué foto acogerse para jugar con la imaginación en este martes de febrero del año 2014. Pero el Carnaval de Río me ha ganado: me quedo con este nido de humanoides desorientados, confundidos en una nada hiperpoblada de seres iguales que han perdido el rumbo, (la chaveta) y la identidad. ¿Cómo puede uno meterse ahí dentro sin perderse a sí mismo o sin perder la propia cabeza?

Esta marea de personitas disfrazadas de algo que no sabría explicar, está compuesta por cientos de seres humanos que celebran el Carnaval, una fiesta en la que la gente transforma su aspecto para jugar con la identidad propia y ajena. Esa sería mi definición de un carnaval normal, descafeinado, para pasar el rato.

Pero hablemos de éste: si al hecho de disfrazarse le añadimos la infiltración en una masa uniforme, que es lo que está sucediendo en la foto, lo que se puede llegar a perder es el alma. Y esta imagen es el resultado más claro. En esta foto no hay personas, o por lo menos yo no las veo. En esta imagen hay formas, colores y bocas que cantan en caras que no sonríen. En esta imagen no hay cientos de almas sino una única alma que unifica el conjunto. La pérdida absoluta del Yo.

Tengo que confesar que la escena despierta en mí admiración y también mucho miedo. Pavor absoluto al entender que vistos desde lejos todos somos así, personitas insignificantes, clonadas, sin ningún rasgo que nos defina en medio de una masa uniforme. Un simple paisaje.

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