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Pájaro que ensucia su propio nido

"Es de agradecer que los socialistas se batan el cobre para limpiar la imagen de España fuera, pero quizás agradeceríamos también que no se esforzasen tanto en llenar el nido de mierda desde dentro"

Foto: Virginia Mayo | AP

Es el título de un libro de ensayos de Goytisolo y, antes de eso, una frase de Günter Grass sobre el papel del intelectual, con la que Grass se apropiaba de la etiqueta infamante que en Alemania se le dirigía: Nestbeschmutzer. Incluso cuando me tomaba en serio a Goytisolo, nunca entendí por qué demonios un pájaro había de ensuciar su nido, que tanto le habría costado construir, y donde había de criar a su prole -así que supongo que estaba, sin saberlo, de acuerdo con los críticos de Grass. Goytisolo se había embarcado muchos años atrás en la construcción de un personaje y de un ideario de uso personal, simbolizado en la figura del Conde Don Julián: el “traidor” a la España eterna e insufrible, resignificado en héroe de la resistencia. Acabó sus días en un nido notablemente más sucio que el español, con una pensión de caridad de la prensa socialdemócrata y la presumible libertad privada que le permitían los usos y costumbres de su reino de adopción -así como el estruendoso silencio que extendió sobre ellos. De Grass mejor no hablemos.

De la vida y las elecciones del artista hay, al cabo, poco que decir. Sorprende, eso sí, que un partido político, incluso una parte sustancial del entero país, se dedique con tanto afán a enmerdar el nido en el que vive; máxime cuando luego quiere presentarlo limpio y reluciente a ojos de los de fuera. Ha habido siempre en una parte de las élites españolas una cierta “pulsión de muerte”, que en los últimos quince o veinte años ha hallado perfecto acomodo en la táctica de un partido político, el socialista, elevada hoy a único principio normativo salvo breves interludios de sobriedad. España no sería sino un proyecto fallido en términos históricos, a la manera en que lo describió Vilar; la Transición, un trampantojo, por decirlo en suave. El franquismo genético de este régimen sería inextirpable, por lo que la única manera de enderezar el país sería aliarse con los “pueblos” que esencialmente lo conforman, convenientemente encarnados en ciertas élites autonómicas bien regadas de dinero público, y avanzar hacia una “destrucción creativa”, un desguace del que emergiera un orden más natural y más justo.

No pienso, por supuesto, que la gente que manda en Ferraz, los mayores al menos, se crea este galimatías conceptual, en el que sí chapotean con toda naturalidad sus epígonos de Podemos y quizás cerca de la mitad de las clerecías universitarias y periodísticas de España. Al fin y al cabo, el gobierno y la presencia del poder infunden cierta disciplina intelectual. No creo que se lo creyeran, digo, pero cuando uno vive una mentira mucho tiempo, empieza a distinguirla mal de la realidad; y cuando llevas quince años contándosela a tus chavales, cabe la posibilidad de que ellos sí se la tomen en serio.

Por todo ello, recibo con un escepticismo que oscila entre la pereza y el cabreo los esfuerzos internacionales, sin duda bien intencionados, de Borrell y la “España Global”. Porque antes de tener que limpiar el nido, conviene no ensuciarlo; sobre todo cuando no eres un escritor, ni un intelectual, ni un ciudadano particular, sino un partido que aspira a gobernar sobre algo que no sea una escombrera. Pero qué otra cosa se puede gobernar sino una escombrera cuando tu fórmula de gobierno virtuosa desde hace veinte años es intentar entenderte primero con los que quieren desguazar el país y trabajan cada día para llenarlo de basura. Y luego vas y lo cuentas.

Por eso, está muy bien intentar convencer a los extranjeros de que España es una democracia perfectamente homologable a las europeas, o mejor aún, pero más hubiera valido no repetir durante años y años que nos gobernaba la extrema derecha -“la derecha del dolor”, declamaba Patxi entre pitillo y pitillo- encarnada en un führer tan improbable como el registrador de la propiedad gallego, y no regalarle minutos en tribuna y en la tele a la ultraderechita de verdad cuando apareció. Bien está que se vendan por esos mundos la paz social y la tolerancia que imperan en el país, pero mejor hubiera sido no tratar de convencer a la gente día y noche de que en este país se mata a las mujeres por serlo, que se viola impunemente, que los homosexuales no pueden salir a la calle, y que ningún partido a la derecha del PSOE defiende otra cosa que esas costumbres bárbaras. Y bien está mandar respetar las sentencias judiciales después de un proceso sin mancha, pero mejor fuese que los portavoces socialistas no hubieran deslizado periódicamente durante ese proceso la inconveniencia de la prisión preventiva y la posibilidad de los indultos. Y mucho, muchísimo mejor hubiera sido no embarcar a Cataluña en una reforma estatutaria que nadie pedía, ni provocar un choque de legitimidades entre votantes y poder judicial, ni ponerse a la cabeza de manifestaciones contra el Tribunal Constitucional.

Está muy bien, quizás, hacer vídeos sobre esa España optimista, feliz, faldicorta; pero mejor hubiera sido no alentar, desde universidades e institutos con obediencia socialista, hornadas de académicos que, cuando España sufrió un golpe a la legalidad constitucional, se pusieron de parte de los golpistas o de los peros que tuviesen a mano, pero casi nunca de la legalidad. Mejor hubiera sido, antes de pensar en pedir la reprobación de la vicepresidenta o condenar las cargas policiales del 1 de octubre, ofrecerse al gobierno de Rajoy con esa lealtad que ahora reclaman, hinchados como pavos, los portavoces de Sánchez. Y nos creeríamos más las protestas y los golpecitos en el pecho si buena parte de los intelectuales de cámara del zapaterismo y de los mâitres à penser patrocinados desde entonces por el partido, sus órganos y sus orgánulos, no se hubieran pasado todos estos años hablando de una España franquista y antidemocrática, si no hubieran acabado incluso en ese desfile de Todd Browning que es el entourage del independentismo catalán. Si el ecosistema de medios alumbrado por los fontaneros de ZP no fuera hoy espacio preferente para la propaganda de todo el que quiera abrir el país en canal; y si el beneficiario de aquella concesión irregular del 2005 no fuera uno de los capos del golpe en la sombra y el primer propagandista audiovisual contra España fuera de sus fronteras.

También podríamos habernos ahorrado el alarde cinematográfico para la exhumación de la momia de Franco, a la altura de la carrera de cuádrigas de Ben Hur y culminado con un Aló Presidente para la ocasión, y que sin duda va a proporcionar materiales de aquí a una década para que todos los minders y turistas con cabecera mundial escriban sus húmedos sueños sobre Francoland y la cantidad de monjas que se ven por la calle en Madrid; mientras las recomendaciones del grupo de expertos sobre la resignificación del Valle siguen archivadas en un cajón y se sigue sin dotar adecuadamente de medios la apertura de fosas. Y, en fin, qué cuentas le vais a pedir al Guardian por publicar artículos de Otegi, almas de cántaro, si os hacéis fotos cenando con él en amor y compañía y os repartís con su partido la mancomunidad de Pamplona.

Se cuenta en varias versiones una historia sobre el Madrid de los primeros cuarenta, durante la Guerra mundial. Cada día se concentraban ante la embajada británica grupos de estudiantes falangistas para gritar consignas contra el Reino Unido y a favor del Eje. En cierta ocasión, el entonces ministro de Exteriores Serrano Súñer llamó al embajador, Sir Samuel Hoare, para preguntarle si quería que el gobierno enviase más policías para proteger la embajada. “No, gracias, prefiero que me envíe menos estudiantes”, se dice que respondió el diplomático. Yo creo que es de agradecer que los socialistas se batan el cobre para limpiar la imagen de España fuera, pero quizás agradeceríamos también que no se esforzasen tanto en llenar el nido de mierda desde dentro.

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