Gonzalo Gragera

Palabras bonitas para historias feas

«Vivimos en una política de comunicación, de intenciones, de mensajes, de eslogan y de tuits. Y rara vez pasa algo más. Es una propaganda de cáscara, que tan sólo sirve para movilizar electorados, delimitar fronteras ideológicas y poco más»

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Palabras bonitas para historias feas
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Gonzalo Gragera

Gonzalo Gragera

1991. En la actualidad colabora en la cadena COPE –Sevilla-, en Zenda y en The Objective. Su último libro es La suma que nos resta (Premio de Poesía Joven RNE), editorial Pre-textos.

Jimina Sabadú ha escrito en su blog una lista de consejos imprescindibles para desenvolverse en el ámbito cultural-laboral. Unas aconsejables prácticas que conviene tatuar en la memoria y en el aprendizaje. La escritora nos indica, en una de las pautas del artículo, que poco hay que fiarse de quien insiste, de cara a la galería, en defender buenos valores, como el antirracismo o el feminismo. Creo que acierta. Poco más sospechoso que quien monótono señala malas praxis ajenas, y más sospechoso aún si se da en Twitter, ese lugar dado a la autocomplacencia y a los códigos autorreferenciales.

Algo similar ocurre en los gobiernos. Sobre todo en época de crisis, cuando toca aplicar políticas de importantes costes sociales -aunque a los partidos no les preocupe tanto el coste social como el electoral-. Recordamos los famosos conceptos de «reajuste», palabra que suavizaba la de «recorte», en los años de Zapatero. O los tranquilizadores mensajes de Rajoy en la campaña de 2011, cuando garantizó que las consecuencias de la crisis no la pagarían los ciudadanos, sino las administraciones. El desenlace ya lo conocemos: tras ganar las elecciones con mayoría absoluta, el gobierno de Mariano Rajoy subió los impuestos. Era lo predecible. No había otra. Es probable que la solución idónea -idílica- hubiese sido otra, sin embargo, la solución posible sólo era una.

Con la crisis que deriva de la pandemia, el gobierno de Sánchez intenta calmar las previsibles realidades que vendrán en un futuro próximo. Quizá muy próximo. Durante los primeros meses de la pandemia se hablaba de resiliencia. Las ruedas de prensa con autoridades uniformadas. Luego, en junio de 2020, el presidente aseguraba que había vencido al virus. Ahora se habla de la agenda 2050, que tiene buenas propuestas, aunque si algo nos han enseñado estos meses es que el futuro es demasiado arbitrario como para planear a tan largo plazo. La escenificación y la teatralidad a la hora de explicar el proyecto levantaban también las sospechas. Ese lenguaje plastificado y burocrático -que transmite imposturas- en el artículo de Iván Redondo, el personalismo del presidente. Señales que no son buena señal.

En estas semanas también se ha escuchado mucho lo de la transición ecológica, un concepto un tanto relamido que, vistas las trayectorias, no inspira demasiada confianza. Vivimos en una política de comunicación, de intenciones, de mensajes, de eslogan y de tuits. Y rara vez pasa algo más. Es una propaganda de cáscara, que tan sólo sirve para movilizar electorados, delimitar fronteras ideológicas y poco más. Los partidos no consiguen adaptar sus políticas a los problemas de hoy, y se quedan sin ideas propositivas, por lo que su política se limita a los mensajes iracundos y simplistas de Twitter.

Un gobierno progresista y de izquierdas no es capaz de lograr políticas progresistas y de izquierdas más allá del espejismo tuitero y del lenguaje estilizado. Por ahora, sólo alcanza a explicarnos historias feas con palabras bonitas. Mientras tanto, la única certeza es que nos va a tocar pagar más. Es posible que no haya otra opción al desastre que se asoma. En fin, que apaga y vámonos.

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