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Pandemia, clima y futuro

"La pregunta es: ¿debieron haber impuesto aquellos expertos un curso de acción diferente?"

Foto: J. M. W. Turner | National Gallery

Pensémoslo del siguiente modo. Poco tiempo después de que la máquina de vapor de James Watt empezara a funcionar a pleno rendimiento, un comité secreto, ahora lo hemos descubierto, se reunió en Londres para dictaminar qué iba a suponer aquella “Revolución Industrial”. Ellos no lo podían decir así, claro, del mismo modo que los hombres de Altamira no pintaban con la pretensión de inaugurar el arte rupestre. Pero la presciencia de aquellos sabios era tal que sí podían atisbar los fabulosos cambios que podían promover, o, antes bien, evitar, si dejaban que las cosas siguieran su curso. Así, aquel conjunto de científicos y matemáticos logró determinar con una extraordinaria precisión, cual demonio laplaciano, la evolución de la vida humana desde la máquina de vapor: las fábricas textiles, la emergencia de la clase obrera, el automóvil, las guerras mundiales, los diseños institucionales del Estado del bienestar, la aparición de la energía nuclear, el desarrollo de las telecomunicaciones, la ingeniería genética, el surgimiento y eclipse del comunismo, y, allá por 2019, el brote de una pandemia provocada por un virus de alta tasa de contagio y efectos letales. En ese futuro algunos apuntarán su dedo acusador clamando que “las lógicas del capitalismo extractivo, consumista y patriarcal en guerra con la vida en su conjunto” (o algo así) habrían sido responsables de haber abierto el camino al virus. Otro gallo nos hubiera cantado de haber “parado las máquinas” –expresión nunca mejor usada- antes. Corrían los finales de 1780 y, entonces, el cambio climático “era esto”; sí, esta fabulosa crisis de salud, económica, social y existencial que ha supuesto la muerte de tantos y muchos sacrificios –si bien desigualmente repartidos- para casi todos. De aquél carbón estos lodos.

La pregunta es: ¿debieron haber impuesto aquellos expertos un curso de acción diferente? ¿Una "transición justa”, un “parón de decrecimiento”? Imaginemos que, de algún modo, lográramos afeárselo: “Este mundo nuestro, cachis, por vuestra obcecación en generar un metabolismo económico-industrial que ignora los límites de la bio-capacidad” (o algo así). Sabios como eran no les faltará respuesta: haber promovido esos cambios habría generado un mundo mejor, tal vez, pero en ese mundo tú no habrías llegado a comparecer. ¿Acaso no te contó tu abuelo como su bisabuelo conoció a la que sería luego su mujer y madre de sus hijos en el expreso de Huelva aquel frío mes de mayo? Pensémoslo de otro modo: dispone usted de dos embriones para implantarse. Uno padece de acondroplasia, el otro no. Decide implantarse el primero. Años después le reprocha la elección: “Jamás podré jugar en el Estudiantes, ni siquiera puedo alcanzar muchas cosas, mis relaciones personales se limitan, no digamos las sexuales… hiciste mal”. Pero, inmediatamente que lo dice se da cuenta: esa elección ha hecho posible que exista. No le será dado decir, con Borges: “Dónde estará mi vida, la que pudo haber sido y no fue”.

El comité de sabios de finales del XVIII también anticipó nuestra extinción masiva, un punto de no retorno, la desaparición inevitable de la especie, el final, no sólo el mundo “peor” de lo que podría ser. ¿Pero qué es esa extinción masiva sino la suma de todas las muertes? ¿Y cómo podríamos no ser mortales? Ionescu escribirá en El rey se muere que sólo si morimos todos a la vez la muerte es más llevadera, señaló uno de aquellos expertos del comité. A lo cual otro añadió poniéndose aún más estupendo: nada de lo que hagamos nos será reprochable si quienes nazcan en el futuro no desearán no haber llegado a existir. Confío en que tampoco sea su caso. Salud.

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