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Papás conejo

Charles Péguy sostuvo que en este mundo el único aventurero es el padre de familia, «el hombre que tiene la audacia de tener mujer e hijos, que osa fundar una familia». Dijo además que todo está en su contra en el mundo moderno. Yo, llevando la pelota a mi tejado, afirmo que todo está en contra de la familia numerosa, de la familia de conejos. No es raro toparme con caras de enfado cada vez que se me ocurre salir de casa con mis cuatro hijos (que son muy pocas, confieso, porque soy hombre de libros, o no tantas como a mi mujer le gustaría). ¿Cuatro hijos?, me preguntan. Asiento. ¿Treinta y tres años? Vuelvo a asentir. Pero Jesús, ¿eres el heredero de una fortuna? Aquí me desternillo. ¡Cuatro! Y dos más que vienen. ¡Entonces seis! Mellizos. Y tengo tele, sí.

Esta fecunda paternidad me convierte en una suerte de terrorista ecológico y a mi mujer en una coneja reprimida víctima del dominio fálico. No está de moda, semejante progenie escandaliza en los tiempos que corren; de hecho, los tiempos que corren se caracterizan más que nunca por la falta de progenie. Pero ¿cuál es la objeción de los que se enfadan con papá y con mamá conejo? Esas raras veces en que hago pública la puntería de mis espermatozoides, todos me interrogan afligidos por cómo comerán mis conejitos, con qué se vestirán. O sea, que el impedimento número uno es el dinero. Y sin embargo, no es gente pobre la que lo dice, son personas que concurren religiosamente al gimnasio, que tienen mascotas (a veces hasta cuatro perros), que se depilan las ingles en salones de estética o compran, cada pocos meses, el último modelo de iPhone. No es entonces el dinero, sino las prioridades: mientras ellos eligen levantar mancuernas, yo levanto cuerpos de no más de veinte kilos; mientras ellos corren al cine o hacia las vacaciones, yo corro tras un conejito que sale de mi despacho masticando un libro o bien descuartizándolo con sus angelicales garras. No es el dinero, insisto: antes había menos y el número de hijos era más abultado.

Pero, si bien es verdad que todo está en contra de la familia conejo, también lo es que la familia conejo está en contra de todo. Y aquí está el meollo del asunto. Porque lo que en realidad somos, mi señora y yo, es verdaderos antisistema. Quiero decir que la vida de los conejos no se rige por una nómina, no se ajusta al Euribor ni obedece las fluctuaciones de la bolsa, así que nadie le venga con discursos proletarios a papá conejo, que para proletario él, que dice que tendrá, literalmente, los hijos que le salgan de los testículos, una fábrica anticapitalista por no ser nada rentable. En la sociedad de Narciso, por el contrario, se dice me apetece un hijo o me apetece ser papá. Esto es, el hijo como producto de ingeniería o un complemento vitamínico. Puesto que mi tiempo es mío, y además es breve, lo invierto en mí. Se trata de ajardinarlo y controlar los gastos que puede ocasionarme. Puesto que el negocio de la vida se termina con la muerte, para qué lanzar al mundo más respiraciones. En este sentido, mejor no tenerlos, más si el mundo está infestado de males. Así el amor, que es una flecha que viaja hasta el tú, se vuelve con efecto boomerang y regresa para clavársenos. Porque lo tengo probado: cuanto más pienso en mí, cuanta más importancia me doy, cuanto más me tengo en cuenta y más quiero planificar mi vida, más infeliz me vuelvo, más insoportable e insatisfecho. En definitiva, papá conejo no puede ir al cine las veces que quisiera, y encima ha de acostumbrarse a las miraditas y los ayes que arranca a su paso, a las preguntas inquisidoras sobre su nómina o su bragueta. Nadie de los que cuchichea sabe que sus conejitos, si bien le arrebatan el tiempo, lo llenan de sentido. Sí, Péguy sabía que no hay aventura más emocionante ni peligrosa hoy en día que ser padre, sobre todo papá conejo, en un entorno donde los hijos son una pérdida de ego y una mala inversión.

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