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Para qué sirve la monarquía

Foto: AP | AP PHOTO/ POOL

Ha escrito en estas páginas el periodista Alberto Lardiés un valioso texto sobre la trayectoria del Rey Felipe VI a cuenta de su cincuenta aniversario, así como sobre los retos más acuciantes que afronta el monarca. La media centuria de Felipe VI ha motivado numerosos repasos a sus gestas más reconocidas hasta la fecha. La mayoría de ellos, tampoco el de Lardiés, no han obviado –como, en mi opinión, sería poco riguroso- el discurso pronunciado el pasado 3 de octubre en pleno desafío al orden constitucional por parte del independentismo catalán, aquellos días entregado con fervor a la deslegitimación de la democracia española aun a costa de acabar provocando un deterioro de la convivencia sin precedentes.

Aquellas palabras de Felipe VI llegaban, es necesario recordarlo, al término de una jornada en la que el gobierno autonómico, ya al margen de la ley, alentó una suerte de huelga general en la que convocaban a media Cataluña contra la otra. Hubo escarnios a agentes policiales, señalamientos a periodistas y a partidos políticos y, por supuesto, enfrentamientos entre compañeros de trabajo. Es el recuerdo que guardamos muchos catalanes de aquella jornada, a pesar de que nuestra televisión pública quiso presentarlo como un acto de comunión unánime y para probarlo filmó un par de rojigualdas en las protestas -¡esto no va de independentistas, va de dignidad!-. Y aunque hoy recuerdo con la misma desazón aquellas horas tristes, guardo aquel discurso como el punto de inflexión que hubo de llegar.

El Rey supo comprender con la prontitud digna de un jefe de Estado la impotencia y el desasosiego de los catalanes no nacionalistas tras el 1 de octubre. Acusados de legitimadores de las dolorosas imágenes por amigos o familiares, espectadores de un relato alimentado de fake news que corrió como la pólvora por las redes sociales sin alusiones a su existencia y, lo peor de todo, testigos de cómo su gobierno autonómico intentaba sacar tajada de su afligido estado de ánimo. Con muchos ciudadanos resignados casi a pedir perdón, Puigdemont y Junqueras no tuvieron reparos en utilizar la coyuntura para exigir “mediación”. Felipe VI, aquel 3 de octubre, cambió la correlación de fuerzas dando al traste con la superioridad moral del separatismo.

Quizá la evidencia palmaria de ello la constituyen las críticas que recibió el monarca: “no ha pronunciado la palabra ‘diálogo’”, “no ha hablado para los independentistas”. La segunda afirmación es discutible por cuanto el Rey recordó la legítima defensa de opiniones dispares en democracia, pero lo interesante es justamente que Felipe VI tomó la decisión de hablar para los catalanes no nacionalistas y legitimarlos, en consecuencia, como interlocutores en un conflicto que estaba orientado a privarles de sus derechos. Prueba de ello fue la masiva manifestación, acontecida apenas cinco días después, en defensa de la Constitución. Las apelaciones al diálogo sólo hubiesen supuesto más indefensión a una parte de los catalanes y al conjunto de los españoles.

Pablo Iglesias fue especialmente crítico con la decisión del Rey, “más de 5 millones de españoles, le digo al Rey no votado: no en nuestro nombre”, tuiteó. Recientemente, el líder morado ha destacado el carácter autoritario del monarca, culpable, a ojos de Iglesias, de haber sabido articular un discurso para Cataluña sin concesiones a los nacionalistas, algo del todo inasumible para la izquierda que representa Podemos. Iglesias dirigió, en su primera intervención tras sus vacaciones navideñas, una “pregunta laica a los jóvenes de este país”. Para qué sirve la monarquía. Humildemente, como joven española, y en la jerga de Iglesias, me gustaría responder. ¿Os parece poco, Pablo?

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