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Opiniones libres de algoritmos

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¿Para qué?

En una situación de inestabilidad económica, de apuros, de baches, nada se vende mejor que una utopía. La utopía, el idealismo; quizá la esperanza o la videncia. Nada más rentable, ya digo, que ofrecer el prosaísmo de las ideas, la ambigüedad de un discurso que encienda corazones y ciegue perspectivas, el dedo que aparenta señalar la salida del túnel y que tan solo nos indica el vacío que lo rodea. Es fácil triunfar en tiempos de incendios. Solo basta con prender la mecha, soplar entre los escombros y las cenizas, hasta que alguien pida auxilio. Y eso hicieron. Soplaron desde sus televisiones y sus medios de poder y llegaron con su kit de herramientas para salvarnos con sus conjeturas, imaginaciones, sueños, eslóganes, palabrerías. ¿Quién no les iba a bailar el agua en la ruleta de la democracia si todos estaban con aquella hasta el cuello? Lo dijo Arcadi Espada: “ Si son demócratas es sólo porque pasaban por aquí”.

Ni quisieron las libertades ni quisieron estamparnos su utopía en el parabrisas del coche. Tan solo llegaron para dar de comer a los fotoperiodistas del Congreso, para barruntar simplicidades de teleoperador en el debate de investidura, para tentar a la suerte de la moderación con sus esquemas de sed de revancha. Y lo peor de las utopías no es el camino: es la meta. Una meta que les lleva a declinar cualquier invitación que les obligue a sentarse en la mesa con los amigos del preso político Leopoldo López. Una meta que fulmina a compañeros del compañeros con apellidos de vigilia y de acento andaluz sin asambleas ni referéndums. “¿Libertad, para qué?”, le dijo Lenin a Fernando de los Ríos. Pues eso: ya sabemos qué se está preguntando Pablo Iglesias. Sí, lo mismo que Lenin. Y que Barberá en sus buenos tiempos.

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