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Paradoja

Cuánto peso han adquirido las noticias internacionales en estas últimas semanas. No hace nada no salíamos de Pedro Sánchez, Mariano Rajoy, Pablo Iglesias y Alberto Garzón. ¡Hasta la gestora del PSOE ha sido pasto de intensas reflexiones! Pero todo se ha quedado, de la noche a la mañana, diminuto. Ha ganado Trump, ha muerto Fidel, el Brexit empieza a materializarse, el Daesh a desmoronarse, las elecciones francesas nos inquietan tanto que incluso sus primarias nos interesan; las alemanas, a la vuelta de la esquina… Tanta desazón no es extraña. Lo raro fue nuestro ombliguismo de ayer.

Sin embargo, hay una jugosa paradoja en este auge de lo internacional: coincide con el auge de lo nacional (dentro de cada país). Confesemos que si hubiese ganado Hillary seguiríamos pendientes de Susana Díaz. Reconozcamos que de Europa del Este nos interesan más Hungría, Polonia, quizá Austria, dentro de poco. Las políticas internacionalistas y partidarias del cosmopolitismo nos han dejado fríos todos los años en los que nos han ido marcando el rumbo. Ramón Andrés, en un aforismo titulado “Globalización” nos dejaba una pista: “No es coincidencia que el primer globo terráqueo lo construyera un comerciante, Martin Behaim. Y tampoco un albur que a su invento se le llamara Erdapfel, “manzana de la tierra”. Mordisquearla, mordisquearla”. Pero ha bastado una incipiente resistencia para que el interés político se despierte a lo largo y ancho del mundo, más vivo que todos los intereses comerciales.

El hecho tiene dos lecturas. Las naciones son las protagonistas naturales de la historia, de modo que cuando entran en escena todo se anima. O las naciones son una amenaza potencial, de modo que, cuando se vigorizan, saltan todas las alarmas. En realidad, son dos lecturas compatibles, complementarias, que no desarticulan la paradoja. La explica mejor, a fin de cuentas, la etimología: “internacional” no fue nunca “inacional” o lo contrario de las naciones, sino las relaciones entre naciones. Parece que lo seguirá siendo.

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