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Pariendo monstruos

"Hobbes afirmaba que era el soberano quien debía entregar los términos del debate, de modo que este fuese monocorde y así se evitasen las guerras"

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Sorprende en ocasiones, a quien no está hecho a la horma del debate público español, la ausencia casi total de diálogo sobre temas tales como el papel de la religión en la esfera pública, el valor de la familia, la libertad de educación o la eutanasia. El espacio que el diálogo sobre estas y otras espinosas cuestiones ocupa en otros lugares –si bien es cierto, cada vez menor– es, en nuestro debate patrio, prácticamente nulo. Por debate no entiendo la expresión pública en paralelo de posiciones diferentes (cada uno en sus medios) sino el intercambio de razones sosegado –aunque pueda ser encendido–, abierto al cambio, a la matización, a la duda sobre lo propio y lo ya sabido.

Las ideas que sí tienen pasaporte (en España son, en su mayoría, las paridas y permitidas por intelectuales que otrora fueron voces del exilio y hoy lo son del prime time) no se someten a discusión: son monolíticas verdades cuyo cuestionamiento no cabe porque sólo un fascista retrógrado osaría preguntarse en la esfera pública por su legitimidad. Este hecho tendría sentido histórico como reacción social al franquismo si no hubiera terminado perpetuando uno de los aspectos del régimen que pretendía combatir, a saber, un clima intelectual en el que es imposible decir públicamente lo contrario de lo que la cultura dominante afirma sin ser expulsado a empellones del debate. Sucede con frecuencia que quien osa, siquiera tímidamente, levantar la mano y preguntar por las razones que sirven de andamiaje a determinados dogmas será tachado de fascista retrógrado. Por eso muchos intelectuales conservadores terminan por opinar siempre y sólo en privado de determinadas cuestiones y por hablar en público sólo y siempre de aquello que les permitirá seguir publicando en los medios fetén.

La Inglaterra del Siglo XVII debió ser de aúpa: guerras, controversias, violencia. Movido por el deseo de evitar que se perpetuasen las facciones en torno a la opinión de los predicadores de la época, Hobbes invitó a los ciudadanos a protegerse de esos cantos de sirena tapándose los oídos y entregándose a lo que llamó “razón pública”: era el soberano quien debía entregar al pueblo los términos del debate público, de modo que este fuese monocorde y así se evitasen las guerras. Para el autor del Leviatán palabras del soberano debían ejercer la función de “conciencia pública” (Cap. 37). Pero ese remedio contra las controversias era todavía demasiado imperfecto, demasiado brutal. Fue Rousseau, el más sutil de los ginebrinos, a quien la diversidad del espacio público nunca le entusiasmó, quien completó, sublimándola, la operación de Hobbes. En su Economía Política propuso interiorizar la “razón pública” del Soberano, de modo que obedeciésemos a otro obedeciéndonos a nosotros mismos. La “conciencia pública” de Hobbes convertida sutilmente, pues ya no necesitaría de coerción exterior, en conciencia individual. La versión oficial sobre las controversias interiorizada. El Soberano en vena, vaya.

Lo que sucede en nuestro país con determinadas posiciones políticas es que, habiendo sido convertidas por la inteligentsia cultural y política en “conciencia pública” han sido crismadas con los santos óleos de la indiscutible superioridad. No dejándose interrogar por un opuesto que las matice, las verdades de ese nuevo catecismo terminan con frecuencia por convertirse en rancias parodias de sí mismas. Por desgracia, tal actitud no solo empobrece enormemente el debate político, sino que empuja a las afueras del debate a mucha gente que, desengañada al no encontrar un espacio en el que “decirse”, tratará de hacerse hueco en el mismo con posiciones probablemente mucho menos razonables, con catecismos de contrataque. Michael Sandel lo dijo bien hace ya algunos años en su obra El descontento americano: “El espacio político que pone entre paréntesis la moralidad y la religión genera desencanto”. Y el desencanto, por desgracia, engendra monstruos.

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