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París, Amélie y otras historias vulgares

Insisto: me gustan los turistas. Me gustan porque, salvo contadas excepciones (ej.) el guiri es educado, discreto y funcional. Así que pueden imaginar mi mueca de satisfacción (bueno, y un pelín cascarrabias “¡yo lo sabía!” también)...

Insisto: me gustan los turistas. Me gustan porque, salvo contadas excepciones, el guiri es educado, discreto y funcional. Así que pueden imaginar mi mueca de satisfacción (bueno, y un pelín cascarrabias “¡yo lo sabía!” también) tras leer lo de que la Torre Eiffel ha tenido “El mejor registro de su historia”: 7.097.302 visitantes en 2014, un incremento de 5,3% respecto al año anterior.

Siete millones de cuñados y princesitas haciendo cola en champ de Mars, con quince pavos en una mano y un palo de selfies en la otra. Radiantes, hermosos y completos; me alegro, de verdad de la buena. Nuestra adorable parejita burgalesa (por ejemplo) caminará a la vera del Sena, cenarán en un romántico (con velitas, s'il vous plaît) bistrot de Le Marais: un confit de pato acompañado de un burbujeante “champán francés” —y brindarán por el amour y porque ya casi está superado lo de Sebas con esa ramera de su oficina, aquella golfa que le mandaba fotos obscenas al Whatsapp y Sebas olvidó borrar. Pero estamos en París, mon chéri. Más tarde patearemos el Louvre (y la pirámide invertida de aquel libro tan trepidante que tanto nos gustó), compraremos libros en alguna pequeña librería de viejo en Montmartre y nos besaremos la estación de Montparnasse, no sin antes saborear un Café au lait con un Le Monde (sin entender una papa, obviamente) sobre una de esas mesitas de forja tan franchutes y tan cuquis en Café des Deux Moulins. Y celebraremos el amor en la ciudad de la luz y las ratas. Fin.

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