Pilar Marcos

Patear la desafección

«Están dando ustedes demasiados motivos para que se les vuelva en contra esa afición suya por patear la desafección, como si todo fuera a ser siempre gratis»

Opinión

Patear la desafección
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Pilar Marcos

Pilar Marcos

No imagino una vida sin devorar noticias de última hora, análisis mejores y peores… Y menos una en la que la política no marque el pulso diario.

Háganse un favor. A ustedes mismos, sí. Paren ya de patear la desafección. Pueden seguir despreciándola. Pueden seguir pensando que es una masa amorfa y silenciosa que ni está vertebrada ni tiene forma de hacer oír el grito de su hartazgo. Pueden creer que se ha dejado engañar tantas veces que es perfectamente posible que se deje otra vez embaucar con alguna nueva engañifa… Todo eso es cierto, pero puede dejar de serlo. Y la masa amorfa, invertebrada y vapuleada puede encontrar la manera de revolverse y lanzarles un bufido que les dejará en el sitio. Que sea improbable no lo hace imposible. Sobre todo, porque están dando ustedes demasiados motivos para que se les vuelva en contra esa afición suya por patear la desafección, como si todo fuera a ser siempre gratis. ¿Que no han dado tantos motivos? A modo de ejemplo les recuerdo solo tres de los últimos días. Cada uno de ellos concentra dosis sobradas de esa secreta pócima infernal capaz de despertar a un dragón.

¿Empezamos con las vacunas? ¡Venga! No había que ser ningún lince para prever que las vacunas iban a ser un bien escaso, muy escaso, incluso dramática e inesperadamente escaso. Pero ustedes se empeñaron en contar la milonga de que habría vacunas para dar y tomar. Y para demostrar su empeño le han revendido a Andorra una cantidad incomprensiblemente alta (en relación con su población) justo cuando empieza a ser evidente que escasean aquí: ustedes sabrán por qué lo han hecho.

Anunciaron protocolos, grupos de atención preferente y cantidades de vacuna a repartir entre las distintas Comunidades Autónomas… Para, acto seguido, incumplirlo todo. Se han escatimado dosis a unas autonomías (Madrid) a beneficio de otras (Cataluña); se ha suspendido (por escasez) la vacunación del personal sanitario que atiende a pacientes Covid, cuando son ellos quieren deberían tener la máxima prioridad para que puedan seguir haciendo su trabajo, y se ha hecho público que demasiadas personas se han prevalido de su posición para saltarse la cola y garantizarse por adelantado la inmunidad ansiada por todos.

La vacuna es una promesa de garantía de vida y jugar con ella, en un entorno de creciente miedo a la muerte, puede transformar a la vapuleada masa informe en una manada de enfurecidos bisontes. ¡Vayan con cuidado!

¿Seguimos con la transparencia? ¡Vamos! Es bien conocido que el señor presidente gusta de usar el Falcon como los niños el patinete, y que no quiere dar cuenta de la multiplicación de sus amistades compartiendo dunas y langostinos de bigotes. Como también es sabido que, hasta el feliz advenimiento de Su Persona, había que informar a Transparencia de hasta el más nimio detalle del uso de recursos públicos, como el Falcon o los edificios de Patrimonio Nacional que utilizan los presidentes del Gobierno en sus vacaciones. Pero eso era antes. Ahora, para no incomodar al mando supremo, solo se es transparente en el cese para que los sustitutos recién nombrados sepan que su tarea consiste en cortocircuitar transparentemente incómodas reclamaciones de transparencia. Otra estruendosa patada a la desafección.

¿Vamos a por la tercera? Las elecciones catalanas. ¡Acabáramos!

El juego de pillos empezó hace un año, el 29 de enero de 2020, cuando un peripatético Quim Torra anunciaba, campanudo, que -para él- la legislatura había terminado. Pero era broma. Luego dijo que comunicaría la fecha de las elecciones después de la aprobación de sus Presupuestos. Otra fake news, vulgo: patraña.

Es verdad que hace un año ya había concluido la ridícula trayectoria política de Torra y sus lazos, pero el president-vicario se agarró al escaño y a la Generalitat hasta que se le agotaron todos los recursos. Había sido condenado por desobediencia en diciembre de 2019. Recurrió al Supremo y perdió. Dio igual porque se enrocó en que la sentencia aún no era firme. Y fue estirando el chicle hasta septiembre, diez meses después, cuando la Sala de lo Penal del Supremo confirmó (en firme) la condena de año y medio de inhabilitación que el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña le había impuesto por desobedecer a la Junta Electoral Central al negarse a retirar sus lazos amarillos.

Y sigue el juego de pillos porque, en septiembre, nadie anunció la fecha de esas elecciones que tendrían que haberse convocado en el enero anterior, cuando Torra proclamó que daba por concluida su legislatura. Los propagandistas del volem votar -ahora encabezados por un tal Aragonés- ya no tenían prisa y dejaron que transcurrieran los dos meses preceptivos de inexistente búsqueda de un sucesor de Torra para que, al concluir, las elecciones quedaran convocadas automáticamente.

¡Ay, automáticamente, sí! Y ese automatismo es lo que nos lleva al 14 de febrero. Un automatismo que empezó el 21 de octubre, cuando se publicó el decreto que activaba el reloj de los comicios, y culminó el 21 de diciembre, cuando -como estaba previsto- no apareció ningún candidato a la investidura. Por eso, el 22 de diciembre se convocaron elecciones automáticamente, que deberían celebrarse el 14 de febrero.

Como de pillos vamos sobrados, en vísperas del cierre del plazo de presentación de candidatos, y sin dejar el Ministerio de Sanidad, el PSOE cambió su cabeza de cartel: de Iceta a Illa, que el casi-exministro de Sanidad ha salido mucho por la tele y tiene cara de sufriente-dialogante. ¿Pero, deja el Ministerio justo ahora, cuando está empeorando la pandemia? Sí, claro, ¿a quién le importa la pandemia?

Pues importa, y mucho. Puede terminar siendo una frivolidad mantener la convocatoria el 14-F si los datos de infectados, hospitalizados, ingresados en cuidados intensivos y fallecidos siguen empeorando al ritmo de las últimas semanas. De momento, la ocupación de las UCI en Cataluña roza el 50%, y supera a la media del conjunto de España en pacientes en cuidados intensivos. La situación en Cataluña no es tan dramática como en su vecina Comunidad Valenciana, pero nada garantiza que no pueda seguir sus pasos.

También de momento nos han contado que, ese 14-F, los miembros de las mesas electorales se vestirán con EPIS la última hora de votación para que los contagiados puedan ejercer su derecho a voto. ¿En serio? ¿Mesas electorales con su presidente y sus vocales embutidos en esos trajes de astronauta? ¿Y alguien ha pensado en cuántos miembros de las mesas electorales decidirán eludir, como sea, su obligación ciudadana en tales circunstancias? ¿O en cuántas mesas no podrán constituirse por incomparecencia de sus miembros? ¿O alguien ha estimado cuál podría llegar a ser la potencial abstención en estas circunstancias? ¿O…? Pero, ojo, unas elecciones no se pueden posponer de cualquier forma, y menos cuando han sido convocadas automáticamente, cuando ya no quedaba otra. Y el decreto de suspensión electoral -en realidad, de anulación electoral hasta ya veremos– incumple incluso el Estatuto de Autonomía.

Al clavo ardiendo de la tercera ola de la pandemia se agarraron los de otrora ‘volem votar’, y ahora ‘no volem que votis’, para inventar un aplazamiento sin fecha cerrada en firme: los pillos de la Generalitat no optaron por mantener la convocatoria y posponer la fecha a cuando amaine esta tercera ola. No optaron por reforzar las garantías sanitarias de las elecciones, con medidas como -por ejemplo- la vacunación con tiempo de los miembros de las mesas electorales, o la ampliación de la jornada electoral a dos días, o la duplicación de mesas y colegios, o una intensa campaña de voto por correo, o una recolección del voto casa por casa, como acaban de hacer en Portugal… No. Se inventaron anular una convocatoria automática por ausencia de candidato y dijeron que volverían a convocar posiblemente en abril, para -quizá, solo quizá- celebrar unas nuevas elecciones el 30 de mayo, mientras susurraban la posibilidad de dejarlas para el 1 de octubre… ¡Qué casualidad, el 1 de octubre! Y serían tan nuevas esas nuevas elecciones que se acariciaba la posibilidad de candidatos distintos: los que están a la espera de los prometidos indultos.

El invento de nuevas elecciones ha sido anulado por los tribunales. Volvemos, pues, al 14-F, con el riesgo -sanitario y de legitimidad- de que la pandemia deje en cifras ridículas la participación. El juego de pillos sumará otro problema: la deslegitimación de unos resultados pandémicos que, además, pueden hacer fallar estrepitosamente a las encuestas por una participación menor que ínfima. Hasta el siempre favorable CIS decía que la mitad de los encuestados no sabe qué va a hacer. Es decir, que puede acabar haciendo cualquier cosa… que Tezanos explicará a posteriori.

¿Entonces? Pues entonces, la masa desafecta -harta de recibir patadas de tanto pillo variopinto- quizá quiera cobrarse la factura, que no es pequeña. Por eso, lo dicho, háganse el favor, respétense un poco y paren ya de patear la desafección.

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