Cristóbal Villalobos

Patria es la selección de fútbol: la selección futbolística de Sánchez

"Despreciado por buena parte de la intelectualidad, el fútbol se ha convertido a lo largo del siglo XX en un catalizador de los sentimientos nacionales"

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Patria es la selección de fútbol: la selección futbolística de Sánchez
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Cristóbal Villalobos

Cristóbal Villalobos

Profesor, escritor, historiador, columnista, gestor cultural.

En el punto número 11 del acuerdo firmado entre el PSOE y el PNV para proceder a la investidura de Pedro Sánchez se abre la puerta a oficializar las selecciones deportivas vascas. En el texto ambos partidos se comprometen a “abrir cauces para promover la representación internacional de Euskadi en el ámbito deportivo y cultural”. Esta posibilidad choca frontalmente con la actual Ley del Deporte, que data del año 1990, y que indica en su artículo número 33 como “las Federaciones deportivas españolas ostentarán la representación de España en las actividades y competiciones deportivas de carácter internacional”.

De esta manera, la participación de las selecciones autonómicas queda a día de hoy limitada a partidos amistosos y a competiciones secundarias, siempre y cuando el combinado nacional no participe en ellas. Con el nuevo pacto entre Sánchez y Andoni Ortuzar queda en entredicho esta limitación vigente. En diciembre de 2018 la Federación vasca ya solicitó a la FIFA y a la UEFA que se reconociese al equipo de Euskadi de forma oficial, con la intención de poder participar en las fases previas de Eurocopas y Mundiales. Tras lo que parece una pequeña concesión al nacionalismo vasco, intrascendente si nos vamos al plano económico, se esconde sin embargo una carga simbólica de una enorme profundidad.

Despreciado por buena parte de la intelectualidad, el fútbol se ha convertido a lo largo del siglo XX en un catalizador de los sentimientos nacionales. Diversos autores así lo han apuntado. Simon Critchley recuerda en su libro En qué pensamos cuando pensamos en fútbol una frase de Hal Foster que resulta clarividente en este contexto: “El fútbol es el escenario donde se resuelven los en ocasiones oscuros manejos del destino, sobre todo en lo que respecta al destino nacional”. El fútbol es el espacio donde se hacen diferenciar las identidades (familia, tribu, ciudad, nación…) y es, eso mismo, lo que a Borges no le gustaba del juego de la pelota: “El fútbol despierta las peores pasiones. Despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte”.

El premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, en su ensayo La llamada de la tribu, sostiene cómo en los orígenes de la humanidad el individuo estaba subordinado a una colectividad. El hombre actual, más solo que nunca, añora esa colectividad que le liberaba del peso de las responsabilidades individuales. Es lo que el hispano-peruano denomina la llamada de la tribu, que actualmente se manifiesta, sobre todo, a través del fútbol. El espíritu tribal, fuente del nacionalismo, causante de buena parte de las mayores desgracias de la humanidad, ha sido invocado por los dictadores del siglo XX, aprovechando lo que según Vargas Llosa es el irracionalismo del ser humano que anida en el fondo más secreto de todos los civilizados. No resulta extraño, por tanto, que los dictadores hayan usado este deporte de forma habitual para conseguir sus objetivos políticos. Mussolini, Hitler, Stalin, el propio Franco, Pinochet o Videla son solo algunos ejemplos de ello.

El franquismo usó el fútbol como somnífero social, a la vez que se servía de él para transmitir un nacionalismo simplón, algunos autores lo han calificado como banal, fácilmente aceptable por la mayoría de la población. De ahí que el régimen se apropiara de las victorias continentales del Real Madrid y de las gestas puntuales de la selección, pero también de los triunfos del Barcelona o de los valores raciales del Athletic de Bilbao.

Fueron estos dos equipos, desde finales del franquismo hasta nuestros días, los que acabaron por convertirse en banderines de enganche de los nacionalismos periféricos. Lo vio claramente Vázquez Montalbán cuando definió entonces al Barça como “el ejército desarmado de Cataluña”, un papel que las diferentes directivas han asumido plenamente sin complejos.

Nadie podía imaginarse tras la muerte de Franco cómo, tras la apropiación de los símbolos nacionales por parte de su régimen, sería el fútbol también el encargado de recuperar para todos los españoles la bandera y el himno a través de las explosiones de júbilo popular que siguieron a las victorias de la selección española en 2008, 2010 y 2012.

Para Albert Camus, que antes de convertirse en premio Nobel se jugaría las rodillas en los campos de fútbol de su Argelia natal, la patria es, simplemente, la selección de fútbol. Para Eric Hobsbawn, uno de los historiadores más destacados del siglo pasado, el fútbol hace posible una patria, un sentimiento nacional: “La imaginada comunidad formada por millones parece más real si adopta la forma de un equipo de once personas con nombres y apellidos”. Esto es lo que busca el PNV desde hace mucho tiempo y Sánchez está dispuesto a concederlo, la materialización sobre el tapete verde de San Mamés de una nación independiente.

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