Enrique García-Máiquez

Pax catalana

Lejos de mí la frivolidad, pero más lejos aún el desagradecimiento. El órdago del independentismo me preocupa tanto como a Felipe González, aunque yo sea tan pequeñito y tenga tan poquita voz; pero, en paralelo, estoy contrayendo una deuda con los nacionalistas.

Opinión

Pax catalana
Foto: Vincent West| Reuters
Enrique García-Máiquez

Enrique García-Máiquez

Profesor, poeta, columnista, crítico, traductor, provinciano, aforista, diarista. Todo junto y demasiado revuelto.

Lejos de mí la frivolidad, pero más lejos aún el desagradecimiento. El órdago del independentismo me preocupa tanto como a Felipe González, aunque yo sea tan pequeñito y tenga tan poquita voz; pero, en paralelo, estoy contrayendo una deuda con los nacionalistas. No, no es que me hayan aliviado el trance del columnista diario, ayuno de temas de rabiosa actualidad, aunque también. Ni tampoco es mi convencimiento de que sólo si los nacionalistas no se bajan del burro tendrá -catarsis mediante- arreglo España. Es un agradecimiento mucho menos profesional que en el primer supuesto y mucho menos político que en el segundo. Es un agradecimiento vivido.

De pronto, me he visto rodeado de gente con la que estoy totalmente de acuerdo. Esto quizá pueda carecer de importancia para el lector, tan socialdemócrata o tan centrista o tan liberal-conservador, es lo mismo, pero yo soy un güelfo blanco, lo que conlleva que nunca nadie, con la excepción de Carlos Esteban, piensa como yo. Ahora, de golpe, incluso en mi familia política puedo sacar temas políticos y todos asentimos a una, con una fraternidad sin resquicios. Fuera de Cataluña, sin nacionalistas cerca, todos vemos la obvia vulneración de las normas elementales de la democracia y la desgracia que supone quebrar una unión de siglos.

Incluso con los amigos más antípodas, tengo inesperados acuerdos, quizá variando en los matices y en los acentos, pero sutiles. El más de izquierdas lamenta el egoísmo fiscal y el más de derechas, la ineficacia económica, y el más güelfo (que soy yo, o Carlos Esteban) la quiebra de una unidad espiritual, pero todos deliciosamente nos lamentamos. Qué dulce elegía. Habito una égloga de Garcilaso.

No se me escapa que estas unanimidades las suelen provocar las guerras y los enemigos exteriores. Y suspiro de alivio de que no sea el caso: ni hay guerra ni hay enemigos -al menos por nuestra parte- ni ellos son ni nosotros los sentimos exteriores. Hay un malentendido y un conflicto político y, más que nada, unos incumplimientos legales que tendrán que ajustarse cada cual con sus herramientas: con explicaciones claras, con reformas tajantes y con las penas y multas correspondientes; y ojalá ningún político oportunista mezcle unas cosas con otras y vuelva a liarla.

Descartada la sombra -ni siquiera metafórica- de una guerra, mi alivio sería casi total si no cruzase por mi pensamiento la sospecha de que puedo resultar insensible a todo lo que están pasando los catalanes no nacionalistas e, incluso, los nacionalistas no independentistas. Pero qué va. Jamás los tuvimos tanto en el corazón y en la cabeza. En el resto de España, disfrutamos de una pax catalana, hecha de asentimientos inéditos, de indignaciones íntimas, de preocupaciones conjuntas y de algún que otro chiste -lo confieso- mondante, pero el centro de nuestro sentir son los catalanes que aguantan en medio del chaparrón. Para ellos, nuestro abrazo, ya digo, el de todos.

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