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Pedro Sánchez es peor que Vox

Foto: Seth Wenig | AP

Pedro Sánchez ya ha declarado que quiere estar doce años en La Moncloa, hasta 2030. Yo le animaría a que alargase su estancia seis años más, y así podrá celebrar el centenario del inicio de la Guerra Civil, que a esas alturas habrán ganado ya los republicanos y sus socios comunistas, merced a la plena conclusión de la memoria histórica. Pero Sánchez sabe que incluso para alguien de su talento es complicado lograr un éxito político de tal envergadura. Y vive al día, como un artista callejero, improvisando un número a cada ocasión para ganarse la atención permanente del respetable público.

Uno de los primeros números de su repertorio fue el de acoger al Aquarius. Un pálpito de sentido común evitó que recibiese a los inmigrantes con honores de jefes de Estado, pero el gesto fue suficiente para decirle a los españoles, y al resto del mundo, que había llegado al poder un gobierno compasivo, dispuesto a recibir a todo el mundo y a sufragar la sanidad básica.

Vox confía en la tercera ley de Newton para que tanta compasión con los extranjeros despierte, al menos, cierto interés por los naturales del país, desde el presupuesto de que hay un conflicto latente. La izquierda es como una madre que desborda amor, y la derecha como un severo padre que no conoce más interés que el que se circunscribe a los muros de su casa. Y por eso Vox ha incluido varias medidas para controlar la llegada de inmigrantes, o reducir sus opciones de trabajar aquí. Ninguna de ellas es tan brutal contra los inmigrantes como la del aumento del salario mínimo hasta las 14 pagas de 900 euros impulsada por Pedro Sánchez.

Catorce pagas de 900 euros suponen, para el empresario, un coste anual de más de 16.000 euros. Y eso sin tener en cuenta los costes de despido. Este es el listón que tendrán que saltar los trabajadores para poder entrar en el mercado de trabajo. Todo el que no pueda generar una renta que se acerque a esa cantidad, será inasumible para el empresario, y quedará expulsado del mercado de trabajo. Los primeros candidatos a quedarse fuera son los jóvenes y los inmigrantes.

Y siempre fue así. El profesor Thomas C. Leonard explica las ideas de los economistas progresistas en los Estados Unidos a comienzos del pasado siglo. Para ellos, como para otros santones como John Maynard Keynes, H. G. Wells o los Webb, el progreso se podía llevar también a la raza, y la eugenesia era signo de distinción para cualquier intelectual avanzado. El socialismo alemán le dio luego mala prensa, pero entonces la idea de mejorar la raza con los instrumentos que otorga la ciencia era obligado para cualquier progresista. Y uno de esos instrumentos era el del salario mínimo. Como reconocía John Commons, “la competencia no tiene respeto por las razas superiores”, por lo que muchos economistas proponían cercenar el libre mercado con un buen salario mínimo que dejase fuera a lo que consideraban lo peor de nuestra especie, y evitar así el “suicidio racial” de la sociedad. No hace tanto, Michael Dukakis propuso lo mismo en el New York Times, y por los mismos motivos. ¡Y funciona!

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