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Pedro tiene el poder

La relación del hombre (de la RAE: ser animado racional, varón o mujer –sin ofender al nuevo feminismo–) con el poder se mide a veces con la metáfora. Pedro Sánchez fue desde su nacimiento Poder por anagrama. Con la edad adulta, sin embargo, quiso convertirse en metonimia. Ser Poder, tal y como lo fueron Felipe e, incluso, Zapatero.

Uno de los políticos más brillantes del siglo pasado, un tal Giulio Andreotti, un democristiano italiano que mucho tenía que ver con los comunistas de los cincuenta, entre otras cosas por la toma desenfrenada de aspirinas, explicaba: “El poder desgasta a quien no lo tiene”. Menuda genialidad debe haber pensado Pedro.

Para gobernar en la Moncloa hay que gobernar Ferraz. De ahí el sentido del pucherazo. Sánchez intentó desde el día en que se instaló en la sede socialista aprovechar esa posición de fuerza. La utilizó desafiando a los dioses, a sabiendas que su poder era otorgado, y que algún día los acreedores pedirían las cuentas.

Alejado de la secretaría, a ese madrileño no le queda más que un juego de palabras. Quedará por ver si la máxima andreottiana es cierta, y si todo lo que fue Sánchez, fue un cuento. En el próximo congreso del PSOE descubriremos si el exsecretario brillará con luz propia o si solo fue un chico afortunado a los que los dioses otorgaron un poder temporal sobre las cosas, un error histórico, uno de los tantos, de esta última socialdemocracia sin rumbo.

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