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Peligrosa arrogancia

"El mundo post COVID-19 no será igual al de hace escasas semanas. Pero en nuestra mano está que se parezca más al  surgido tras la II Guerra Mundial que al posterior al crash de 1929"

Foto: Andrew Kelly | Reuters

Tal vez sean los efectos colaterales de este largo confinamiento, que van desde el cabreo al estupor pasando por una intensa sensación de irrealidad. La cuestión es que la normalidad de hace apenas semanas hoy se aparece extraña y remota. El mundo de ayer se desmorona ante nuestras narices. No solo se verán afectados nuestros hábitos sociales, sino también nuestras libertades y el orden económico mundial. Prohibidos los besos, los abrazos y las grandes aglomeraciones. Los Estados tendrán derecho a vigilar todos nuestros movimientos. Y el hundimiento generalizado de la actividad económica junto al repliegue de fronteras y la probable marcha atrás en la globalización alterarán inevitablemente las relaciones económicas entre países y el bienestar de la gran mayoría de la población mundial.

Por eso, hablar de regresar a la normalidad resulta un ejercicio inútil. A día 24 de abril, con 2,74 millones de personas infectadas en el mundo y casi 200.000 muertos, la prioridad sigue siendo la lucha contra la expansión de una pandemia que en España, el país con el mayor número de casos por millón de habitantes en el mundo, se ha cobrado ya 22.524 vidas. 3.000 millones de personas están hoy confinadas en sus casas y la actividad económica de más de medio mundo, paralizada. La vertiginosa caída del precio del petróleo, que el lunes llegó a cotizar a menos 40 dólares el barril de West Texas Intermediate (de referencia en el mercado estadounidense), es quizás la mejor expresión del colapso económico mundial. Tal es el derrumbe de la demanda que los productores pagaban a los compradores para que se llevaran el crudo y evitar así almacenarlo.

Los Gobiernos de todo el mundo se afanan por adoptar medidas para hacer frente a las secuelas sociales y económicas de la pandemia. En Europa parece que del sálvese quien pueda inicial, con el lamentable pirateo de material sanitario entre algunos Estados miembros, se ha recuperado la voluntad de dar una respuesta común con el principio de acuerdo alcanzado esta semana en el Eurogrupo: la creación de un fondo solidario dotado con 1,5 billones de euros y la emisión de deuda comunitaria por valor de 320.000 millones de euros, el mayor endeudamiento conjunto en toda su historia. No son los deseados eurobonos, pero sí un importante paso para experimentar en esa dirección.

Hay mucho en juego, no solo económica si no también políticamente hablando. De no actuar la UE con rapidez, el PIB de la eurozona podría retroceder hasta un 15%, según ha advertido la presidenta del BCE, Christine Lagarde, siendo los países más afectados España e Italia, con la posibilidad de caer hasta un 20%. Unas cifras que fulminarán en pocos meses todo el empleo creado en los últimos años y alimentaría el descontento social y la desafección a Europa, allanando el camino a las fuerzas nacional-populistas que, a golpe de crisis, ya sea la financiera de 2008 o la reciente de refugiados, han ido haciéndose hueco en las democracias liberales. El estado de alarma actual les da además cierta ventaja: el cierre de las fronteras y la limitación de las libertades en nombre de la seguridad son hoy las únicas armas que se conocen para luchar contra la pandemia. Y tienen en la autoritaria China, que empieza ahora a reactivar su economía tras contener con bastante éxito la pandemia, el mejor ejemplo. En Europa, Viktor Orbán ya ha puesto en cuarentena la democracia húngara.

De ahí que la respuesta unida y solidaria de la UE sea la mejor vacuna contra el virus del populismo que, junto con el del COVID-19, podría llevarse por delante 70 años de historia de la unión. Es la única opción que tienen las democracias liberales para ganarle la batalla a las propuestas más autoritarias que a derecha e izquierda se extienden por Europa: apostar por la cooperación económica, evitar que se consolide la slowbalization (la marcha atrás en el intercambio de bienes, servicios y el flujo de personas) e impedir que se sacrifiquen las libertades individuales. Porque, si esta crisis no consigue los avances que permitan completar y fortalecer la Unión Europea, ninguna crisis lo hará.

Pero para poder conseguirlo no basta solo con los planes económicos de contingencia. Es imprescindible que la salida del confinamiento evite una fatal recaída que descarrilaría todo y convertiría probablemente los acuerdos para salvar la economía en papel mojado. Una apertura fallida de la economía que provoque un repunte del número de infectados y de fallecidos sería probablemente insoportable para la ciudadanía tras dos meses de confinamiento, de dolor y miedo y de fuertes pérdidas en los ingresos de los hogares. Para evitar este indeseable escenario, aquí va una hoja de ruta elaborada por economistas y científicos de varias universidades estadounidenses publicado por la Universidad de Harvard que considera el COVID-19 como “un profunda amenaza a nuestra democracia, comparable a la Gran Depresión y la II Guerra Mundial”.

Identifican tres condiciones fundamentales para salir del confinamiento y evitar una recaída. Test masivos para conocer la extensión del virus, la geolocalización y seguimiento de los portadores y su aislamiento social con apoyo del Estado. ¡De nuevo los test!  Recomiendan que EEUU haga cinco millones de pruebas diarias y elevar esta cifra hasta los 20 millones para poder reanudar completamente la actividad. En España eso equivaldría a 710.000 pruebas hasta llegar a 2,84 millones al día. Pero aquí seguimos sin realizar test masivos pese a las promesas del Gobierno. Según las cifras oficiales, que han variado estrepitosamente desde el principio de la crisis, España ha hecho un total de 930.000 tests. Sigue siendo la asignatura pendiente. Si no se toman las precauciones necesarias, podemos vivir ciclos sucesivos de confinamiento y reactivación económica con un elevado coste social y moral.

Los riesgos son muchos. El mundo post COVID-19 no será igual al de hace escasas semanas. Pero en nuestra mano está que se parezca más al surgido tras la II Guerra Mundial que al posterior al crash de 1929. En el primer caso reconoceríamos algo más el mundo de ayer y en el esfuerzo por recuperar sus cosas buenas aprenderíamos a valorarlas y a aparcar esa peligrosa arrogancia de la que hablaba Stefan Zweig en sus memorias y que un microorganismo ha puesto ahora en evidencia: “En esta conmovedora confianza en poder empalizar la vida hasta la última brecha, contra cualquier irrupción del destino, se escondía, a pesar de toda la solidez y la modestia de tal concepto de vida, una gran y peligrosa arrogancia” (El mundo de ayer, 1976).

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