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Penny Lane (In my eyes and in my ears)

Foto: Dave Thompson | AP

En Penny Lane hay un barbero, y seguramente también habrá algún banquero en la oficina de TSB que ocupa el cruce con Allerton Road. La tarde de mayo del año pasado que estuve por allí no vi ningún bombero, pero en la esquina frente a la peluquería hay un wine bar -en realidad un pub bastante corriente- que se nutre de locales y también atraerá de vez en cuando algún turista despistado como yo.

Penny Lane está muy cerca de Newcastle Road, donde vivió John Lennon con su madre hasta los cinco años, y a un par de kilómetros de “Mendips”, la casa adosada donde se crió a partir de entonces con su tía Mimi. Allí, en la mediana de Menlove Avenue, junto a un orfanato del Ejército de Salvación que lleva por nombre Strawberry Field y cuyo jardín clausuran unas puertas de hierro pintadas de rojo, murió atropellada Julia Lennon una mañana de julio de 1958, cuando regresaba de visitar a su hermana. Todos estos lugares y sucesos forman parte de la historia y el mito del grupo musical que tuvo un impacto más profundo y duradero en la cultura del S XX.

Pero Penny Lane es, aunque apenas se sepa, algo más que la calle que da nombre a una canción de los Beatles. En la planta superior del Museo Marítimo de Merseyside se encuentra el llamado algo pomposamente Museo Internacional de la Esclavitud. La exposición no carece por completo de interés, pero se queda corta respecto a las expectativas que genera el nombre; en conjunto parece más bien un intento de expiación del resto del museo y su celebración comercial-imperial. El día que lo visité había una muestra temporal de (preciosos) carteles de propaganda cubana en África, propaganda que se había instalado también en los estantes de la librería del museo, con espíritu bastante menos crítico que el reservado para el imperialismo occidental. Como suele suceder en estos casos, unos pocos detalles irrumpían a través de los discursos y la puesta en escena y llegaban más hondo: unos grilletes herrumbrosos, sorprendentemente pequeños, y unos más pequeños aún bajo aquellos; prismas metálicos que dejaban ver al girarlos la cifra de muertos -hombres, mujeres, niños- en varias travesías transatlánticas.

Y de repente, en un pasillo insospechado, junto a una puerta, unos cilindros con varias placas de calles de la ciudad de Liverpool. Entre ellas, Penny Lane. Al girar el cilindro aparecía la explicación de la presencia de una calle en apariencia inocente en el museo de la esclavitud: el “Penny” que le da nombre no es un penique cualquiera sino, con toda probabilidad, James Penny, marino, comerciante, negrero y defensor de la esclavitud ante el Parlamento de Londres en 1792. El hallazgo suscita dos reflexiones inmediatas. Una, que nuestros problemas y debates patrios están lejos de ser excepcionales, como lejos están también en casi todas partes de ser resueltos sin doblez ni sombra de duda. Las calles que figuran en los cilindros siguen honrando, fuera de aquellas paredes, a los prohombres del comercio de esclavos, en una vergüenza que el tenue reconocimiento del hecho en un museo apenas mitiga. No hace ni tres años que los Estados Unidos emprendieron la retirada de símbolos confederados, los símbolos de un proyecto político edificado sobre la idea misma de la esclavitud como “institución peculiar”.

La segunda es, claro, la potencia que tienen en ocasiones los procesos de reapropiación y resignificación, la “iconotropía” de la que hablaba Robert Graves. Penny Lane puede ser hoy, quizás, la calle más famosa de Liverpool, y solo un porcentaje ínfimo de quienes la conocen y nombran sabrán quién era James Penny. Muy al contrario, Penny Lane les evocará bomberos y barberos, ensoñación adolescente, fish and chips, chaquetas de terciopelo, coloridos vapores de LSD. O quizás ni eso: apenas una melodía que en cada uno despertará recuerdos particulares, y que en cada caso resonará con el eco de una época o unos rostros añorados.

La naturaleza cambiante de los símbolos y los monumentos no abole la necesidad de reparación y memoria. Para empezar, quizás James Penny nunca fue tan famoso. Pero, antes de dejarle hundirse de nuevo en el olvido, sirva como metáfora de la indiferencia que al final tiene siempre el paso del tiempo hacia nuestras efímeras voluntades personales y colectivas.

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