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Ha comenzado el proceso de rehabilitación de la ex ministra Carmen Montón

Foto: Congreso de los Diputados | RRSS

El otro día reparé en que ha comenzado el proceso de rehabilitación de la ex ministra Carmen Montón: vi que había participado en un panel sobre feminismo y elecciones en un célebre instituto universitario madrileño. Como el tema tenía algo más que una pequeña relación con el objeto del TFM plagiado de Montón, motivo al cabo de su (breve) ostracismo, se me antojó raro y quizás poco higiénico; como ofrecerle un estrado a Cristina Cifuentes para explicar la financiación autonómica, o incluso al presidente del Gobierno para disertar sobre la obra de M. Granovetter. Luego pensé que quizás no esté tan lejano el día en que veamos estos prodigios, y cosas aún más fabulosas, y se me pasó la sorpresa.

Quise entonces releer los extractos publicados de la tesina. Pensé que quizás había exagerado su endeblez la primera vez que los encontré en la prensa. Es preciso reconocer que yo también -¿quién no?- he aprobado en mis tiempos alguna que otra asignatura con trabajos sin pena ni gloria, con más pena que gloria, o incluso sin atisbo ninguno de gloria. También es verdad que el plagio es más raro que la chapuza, y que, puestos a plagiar, acaso la primera opción de uno no fuese Nodo 50. Pero he vuelto a hojear entero el TFM de Montón y hay algo más pavoroso que las partes plagiadas: las originales.

Las socialdemocracias europeas fueron abandonando en la segunda mitad del S.XX la vinculación con el marxismo, ya apenas formal en casi todos los casos tras el ejemplo de Bad Godesberg. El hito más famoso en España es el órdago de Felipe González al PSOE tras el XXVIII Congreso socialista. Los laboristas británicos aun tardaron unos años más en abandonar el dogma de la propiedad pública de los medios de producción, a punto para esa Tercera Vía hoy tan denostada en muchos círculos de izquierdas. Desde el ala liberal, se ha posado sobre el proceso una mirada en general amable, o incluso condescendiente: el abandono de la doctrina marxiana no habría sido más que la constatación de que las anteojeras ideológicas heredadas del XIX distorsionaban más que iluminaban la relación entre mercado y Estado, entre libertad y redistribución, entre agencia y estructura, entre liberalismo y democracia.

El problema, se diría hoy, a décadas vista, es que el hueco que dejó Marx no lo ha llenado nadie. O más bien se ha rellenado con todo tipo de modas intelectuales, activismos particulares, credos New Age y otros materiales de derribo. Incluso si errado, doctrinario e incapaz de proponer un camino de emancipación viable, el marxismo imponía algún género de disciplina intelectual, de anclaje -y uno con fuertes raíces ilustradas. Existían las clases sociales. Existía la explotación. La dialéctica entre capital y trabajo era una realidad esencial que la política debía atender. Dadas estas circunstancias y problemas, podrían plantearse estrategias, cursos de acción y también, claro, renuncias. A estas alturas parece claro que partidos socialdemócratas como el PSOE no han dado con la clave de bóveda intelectual para rearmar y anclar sus discursos. Ni el liberalismo rawlsiano, ni el patriotismo constitucional a la Habermas, ni los breves experimentos circunstanciales como Pettit en la época de Zapatero. A esto se le ha unido la influencia de cuadros procedentes de las facultades y departamentos universitarios más afectados por el activismo académico, los estudios culturales y las modas posestructuralistas. Va por ahí la tesina de Montón, con sus pasajes involuntariamente paródicos sobre el patriarcado o la medicalización del cuerpo de la mujer -fue ministra de Sanidad, recordemos-, o los discursos oraculares de Carmen Calvo en sede parlamentaria sobre un logos fundante de la realidad material, y otros esperpentos parecidos.

Es ocioso añadir que los partidos conservadores o cristiano-demócratas han experimentado un parecido vaciamiento desde los 70 con la secularización de las sociedades, el abandono de los valores religiosos y la aceptación gradual de nuevas identidades sexuales y modelos de familia. No obstante, han conseguido mantener algo parecido a un anclaje en torno a la estabilidad económica -partidos “pro-PIB”, dice un amigo mío-; y, en el caso particular de España, en torno a la cuestión territorial, ya fuera con ánimo centrípeto (PP) o centrífugo (PNV, CDC). El PP se ha nutrido además de cuadros formados en doctrinas pétreas (abogados del Estado, técnicos comerciales, inspectores fiscales), para los que la posmodernidad es, como mucho, una nota al margen de la historia del S.XX, y la ley una realidad tan tangible como la tierra en la que asienta uno los pies.

Pero el pensiero debole socialdemócrata es hoy a menudo not even wrong: una nada expresada en jerga de responsabilidad social corporativa o de radicalidad de plástico, que lo mismo puede vender que las bajadas de impuestos son socialistas o cabalgar una burbuja inmobiliaria como apuntarse a la última moda de izquierda pija importada de EEUU o el Reino Unido; que lo mismo mete miedo al futuro con el cambio climático y la contaminación que se olvida de la equidad intergeneracional y se lanza a la subasta del voto pensionista, cuando el gasto en pensiones ya se acerca a la mitad del montante de los presupuestos.

En pocos ejemplos podemos ver con mayor claridad esta naturaleza frívola y errática de la socialdemocracia actual que en la crisis catalana. Un análisis de inspiración marxista habría de poner el foco, por ejemplo, sobre la correlación entre los rasgos étnico-culturales y la clase social. O denunciaría la persistencia de una élite nacionalista casi impermeable al acceso por las clases subalternas durante siglo y medio. Explicaría los pactos de orden casi “colonial” entre élites centrales y catalanas, por las que éstas últimas tenían vía libre para imponerse a la población castellanohablante mientras mantuvieran una semblanza de lealtad federal.

Por el contrario, la doctrina hoy imperante en el PSOE es un cóctel de dialoguismo hueco, pensiero debole posmoderno o casi New Age e identity politics al servicio, no de los excluidos, sino de los sectores dominantes de la sociedad. Si se habla de condiciones estructurales o equilibrios de poder, se reciben de vuelta sermones -tampoco hay que olvidar los vínculos de la socialdemocracia española con algunas vetas del pensamiento católico, o con la doctrina social falangista- sobre la necesidad de tender puentes, hacer política o “hablar”. Todo se fía a la voluntad de las buenas personas, entendidas como mónadas ajenas -en este caso sí- a cualquier “estructura”. Y si alguien se empieza a molestar por la tolerancia con los partidos soberanistas, le ponemos al presidente diez o veinte banderas españolas detrás, y todo arreglado.

Hizo falta un golpe de Estado, en sentido puramente kelseniano, para que nuestros socialdemócratas dijeran una palabra más alta que otra; y apenas cinco minutos para que regresasen a la abulia habitual desde tiempos zapaterinos. Lo peor quizás sea que ni se atisba la salida, ni ellos mismos son conscientes de que deban buscarla: ni el curso de los acontecimientos ha desmentido aún con fuerza bastante a los actuales dirigentes socialistas, ni por sus propias trayectorias y talantes parecen los más aptos para hacer la reflexión sobre dónde acaba con toda probabilidad este camino. De momento tienen derecho a pensar que van ganando, y a Carmen Montón la vuelven a llamar para dar conferencias.

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