Manuel Arias Maldonado

Pequeñas cajas que se abren

Solo un relato mítico que posea gran fuerza simbólica puede atravesar la historia humana y permanecer en el lenguaje con que nos comunicamos acerca de las realidades que nos atañen. Es el caso de la caja de Pandora, cuyo abuso no ha menguado su atractivo.

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Pequeñas cajas que se abren
Foto: Congreso de los Diputados
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

Solo un relato mítico que posea gran fuerza simbólica puede atravesar la historia humana y permanecer en el lenguaje con que nos comunicamos acerca de las realidades que nos atañen. Es el caso de la caja de Pandora, cuyo abuso no ha menguado su atractivo. La parábola es conocida: Pandora es la primera mujer, creada por Hefesto tras ordenarlo un Zeus que deseaba vengarse de Prometeo por haber entregado a los humanos el fuego robado a los dioses. Pandora se casa con Epimeteo, hermano de Prometeo, recibiendo como regalo de bodas una tinaja ovalada que no debía abrirse bajo ninguna circunstancia. Cuando Pandora la abre, se escapan de su interior todos los males del mundo. De ahí el sentido de la proverbial expresión, que alude a una imprudencia cuyas consecuencias negativas no pueden ya remediarse. Para actualizar la imagen, basta cambiar la tinaja premoderna por una de las misteriosas cajas con que David Lynch adorna sus ficciones.

Ha dicho Susana Díaz, durante el congreso del PSOE andaluz, que el socialismo español nunca ha sido nacionalista. Por eso, las personas están delante de los territorios y Andalucía se opondrá a cualquier reforma constitucional que provoque desigualdad entre los españoles. Para ser exactos, ella apuesta por el «federalismo cooperativo», mientras que el socialismo extremeño se declara profundamente autonomista. Casi al mismo tiempo, el PSPV de Ximo Puig defiende el llamado «federalismo asimétrico», que hay que suponer más ajustado a la plurinacionalidad auspiciada últimamente por Pedro Sánchez. En Cataluña, el gobierno quiere celebrar un referéndum de autodeterminación que conduzca a la independencia. Por su parte, Podemos y sus confluencias se debaten entre la aceptación de ese presunto derecho a la secesión y una revisión del modelo constitucional que profundice en las diferencias entre las distintas naciones que compondrían España: los «sujetos políticos» los que alude la ponencia del socialismo valenciano. Al otro lado, PP y Ciudadanos se inclinan por conservar el modelo constitucional, con las mejoras que puedan hacerse necesarias. No obstante, el pacto de los populares con el PNV profundiza en la dualidad que ha distinguido al modelo autonómico, donde unas comunidades han mostrado más voracidad competencial que otras y gozado asimismo de mayor poder negociador debido a la presencia de partidos nacionalistas en el congreso. Para completar el mapa, no olvidemos a aquellos votantes que preferirían desmantelar el Estado de las Autonomías y reinstaurar un centralismo a la francesa: alguno hay.

La risa, pues, va por barrios. Pero es obvio que alcanzar el consenso necesario para llevar a término una reforma constitucional será imposible. Ni siquiera hablamos con claridad: si las personas están de verdad por delante de los territorios, por ejemplo, habría que descartar también un federalismo que produce de manera natural, como nuestro autonomismo, diferencias entre territorios y por tanto entre personas. Eso no hace del federalismo un modelo indeseable; quizá sea la única salida razonable a nuestro desbarajuste conceptual. Pero lo será a condición de que no nos engañemos acerca de su naturaleza. Sería por ello conveniente fijarnos en aquellos modelos que funcionan razonablemente bien -como el alemán- en lugar de invocar un federalismo asimétrico que es de facto confederal y tiende a buscar en el Medievo las razones que justifican el especial mérito de unos territorios frente a otros.

Tenemos por suerte una metáfora propia, agropecuaria y estival, que nos permite hablar de todo esto sin necesidad de recurrir a la mitología griega: quién necesita la caja de Pandora si tenemos nuestro entrañable melón constitucional.

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