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Pequeñas lecciones no importantes

Foto: JUAN MEDINA | Reuters

Como sucedió con tantas otras, mis padres no consiguieron inculcarme su pasión futbolera. Lo intentaron con ahínco, y durante un par de temporadas estoy segura de que fui la chica de la clase con más conocimientos sobre el calendario, los cruces y los tiempos de La Liga. Supongo que en algún momento cercano a la década vital encontré, por ponerlo en términos de Vázquez-Montalbán, alguna cosa más importante que el fútbol entre tanto asunto mundano. O quizás preferí quedarme sólo con lo importante. Sea como fuere, los augurios de hincha del F.C. Barcelona que habrían satisfecho a papá son hoy poco más que un par de salidas al Camp Nou cuando no unas bravas en el barrio.

No me gusta el fútbol y para cualquier apreciación honesta que pueda hacer sobre la materia es esto algo que debiera ser tomado en cuenta. Mi condición de aficionada tiene más que ver con mis lazos familiares que con mi adscripción culé. Sin embargo, nada de esto es óbice para que pueda aseverar que a menudo, hablar de fútbol, despierta en mí ambivalencias de difícil solución. Supongo que, como sucede a más aficionados barcelonistas, he desarrollado cierta desafección hacia un club que lleva años manifestándose políticamente contra el sentir de una parte notable de su afición, sobre todo, dada la pretendida vocación global del F.C. Barcelona que empieza por los seguidores que acumula en el conjunto de España. Así, es tedioso identificarse como culé-con-matices a causa del abrazo del club al nacionalismo catalán desde hace años. Recuerdo con pesar la amarga comparación entre las palabras del club azulgrana y las del Español durante el otoño pasado, en los días que sucedieron al 1-O. De pronto el conjunto perico se había convertido en el mejor club de Cataluña para muchos. Hubo entonces aficionados de primera y de segunda al fútbol catalán: unos cuyo club veló por no excluirles y otros a quienes nadie nos preguntó.

Es probable que el orden de prioridades que cada uno configura para sí mismo influya en el grado de importancia que damos a la orientación política de un club del que nos consideramos seguidores, pero en mi caso es esa una sensación constante. El sábado, claro, celebré todos y cada uno de los goles del F.C. Barcelona en la final de la Copa del Rey, que seguí desde Madrid. Durante el día, parecía que no había otro asunto del que hablar en la capital, morada de aficionados sevillistas y barcelonistas que hacían visible el motivo de su visita mientras se distraían en las horas previas al encuentro. Un grupo de culés abandonaba un establecimiento en el que yo hacía cola y escuché a los clientes que me precedían compartiendo con la trabajadora del local su deseo por una victoria del Sevilla. Aunque comprendo y comparto –seguramente, en mayor medida- el rechazo a la inclinación política del Barça, tuve ganas de inmiscuirme en la conversación para explicar algo que otros terminaron evidenciando mucho mejor de lo que yo habría podido.

Es probable que no se trate del escenario ideal, por cuanto pone de manifiesto la enorme politización de cualquier resquicio de la vida pública, pero la presencia de banderas españolas y esteladas a la vez en la bancada azulgrana durante la final de la Copa del Rey es quizá la forma más visible que existe de demostrar la pluralidad de un club cuyos dirigentes no han respetado en numerosas ocasiones. Como viene sucediendo también en la esfera política, hay que acabar con la sinécdoque que establece la parte por el todo. Cuántos aficionados culés no habremos sentido con mayor intensidad esas ganas de dejar de animar al club por los mismos motivos que podían afear las personas a las que escuché. Como entre los catalanes que se oponen al independentismo, se vuelcan muchos esfuerzos para combatir la visión monolítica que algunos quieren imponer, defendiendo el pluralismo político allí donde es más difícil. Espero que esa imagen llegara a todos aquellos que no lo tienen claro, pues el fútbol, al cabo, quizá sí sea una cosa poco importante que arroja luz sobre las que de verdad lo son.

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