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Periodistas y mariconazos

Foto: Asís G. Ayerbe | EFE Fototeca

“¿A qué te dedicas, Miguel Ángel?”. “Soy profesor. De Ética. Por ejemplo, Ética del periodismo”. “Ah, pero ¿los periodistas tienen ética?”. He escuchado el mismo chiste tantas veces. Supongo que todos soportamos monotonías semejantes con nuestro trabajo: a Jordi Hurtado seguro que le han hecho mil chanzas sobre su eterna juventud. Y a fe que tiene especial mérito en su caso: no es fácil aguantar la misma broma doscientos años.

Más allá de mi anécdota, empero, los datos corroboran su sentido: según el último estudio del Índice de Confianza Social los españoles suspendemos en ella a los medios de comunicación (les damos solo 98,9 puntos sobre 200). El Edelman Trust Barometer 2018 apuntaba lo mismo hace unos meses: en todo el mundo, la gente ya recela de los periodistas tanto como de los gobernantes. Lo cual es una curiosa manera de reconocer aquello de que la prensa es el cuarto poder. E igual dirección señala el informe Reuters de las universidades de Oxford y Navarra: solo un 44 % de internautas en España se fía de las noticias en general, cifra más exigua aún en el caso de los menores de 24 años.

Ante tan desolador panorama, ¿hay algo que nos permita ser comprensivos con la prensa? Sin duda: no olvidemos que, tras el auge de internet y las redes sociales, padece una competencia despiadada. Hace veinte años solo los periodistas nos contaban qué ocurre en el mundo; hoy lo hace cualquiera con un móvil a mano. Imaginémonos cómo sufrirían fruteros o pescaderos si todos obtuviéramos, de repente, nuestro propio huerto frutal o una piscifactoría entera en casa.

Ahora bien, ¿cómo han reaccionado a tal zarandeo los pescadores de noticias? Me temo que se han prodigado en tres actitudes, todas ellas igual de perniciosas. Algunos de ellos han abundado en soltarnos noticias tan sensacionalistas como falsas; otros, en ponerse a darnos lecciones morales; un tercer grupo (no incompatible de los otros dos) se ha vuelto siervo de tal o cual partido político, tal o cual ideología, en detrimento de su servicio a la audiencia. Son tres comportamientos que siempre han existido en el periodismo, naturalmente: pero me temo que, al exacerbarse como reacciones a su crisis, ha sido peor el remedio que la enfermedad.

Y con esto llegamos a “lo de Arcadi” (como lo llama nuestro común amigo Santiago González) y a por qué es tan significativo lo de Arcadi.

Los hechos son conocidos: el pasado 18 de septiembre en su blog el periodista Arcadi Espada razonó que caben dos opciones cuando uno conversa con el diputado Gabriel Rufián. Una opción sería la de no responderle, para evitar descender a su nivel dialéctico, de modales arrabaleros. La otra opción (que Arcadi no recomendaba) sería la de bajarse a tal nivel. Para ejemplificar lo que supondría caer en semejante lenguaje, Arcadi incluyó algunas de las expresiones que en tal jerga se suelen utilizar: vulgarismos como “mariconazo” o “la polla” y bravatas tal que “¿cómo prefieres comérmela: de un golpe o por tiempos?”.

Hasta aquí el relato de los hechos en lo concerniente a Espada. Nada nuevo: se trata de uno de los mejores periodistas con que hoy cuenta nuestro país y es habitual que tanto su estilo como el juego de ideas que maneja estimulen al lector. Tampoco es inusitado que ello le conduzca a suculentas polémicas: las que protagonizó con el fotógrafo Javier Bauluz o con el novelista Javier Cercas son dignas de explicarse en cualquier clase de Ética periodística (ya te convenza Arcadi, sus contrincantes, o ni uno ni otros). Y, por último, si ampliamos el foco: tampoco nos vamos a quedar boquiabiertos, a poco que sepamos de historia, porque contra un maestro se nos pongan levantiscos los que discrepan de él, o de su estilo, o simplemente los que envidien su pelazo. Si eres bueno en lo tuyo, ya sabes a lo que te expones por ofender, tan desconsiderado tú, a la gente. Sobre todo en España: fue Fernando Díaz-Plaja quien reconoció la envidia como segundo vicio principal español (tras la soberbia) en el libro que dedicó a nuestros pecados capitales.

Lo llamativo esta vez, sin embargo, ha sido que hasta cincuenta trabajadores de su mismo periódico, El Mundo, escribieran una carta a su director, un tanto ofendidita, para protestar por el hecho de que Arcadi… ¡había dedicado al diputado “palabras soeces, groseras y homófobas”!

Llego un poco tarde a esta polémica, me han precedido ya sólidos columnistas al comentarla y la mayoría de ellos (incluido el propio Espada) se han visto en el enojoso deber de explicar a periodistas hechos y derechos, abajo firmantes de El Mundo, cosas como la diferencia entre estilo directo e indirecto. O los usos que la RAE atribuye a las comillas. O la diferencia entre el insulto y el sarcasmo. Ello me permite escabullirme de esas clases aceleradas de gramática, de explicitar que Espada nunca llamó “mariconazo” a nadie, y centrarme en lo mío: en la Ética del periodismo. Y en los problemas del periodismo actual, que hemos empezado este artículo mentando.

Al fin y al cabo (y contra mi impresión inicial), creo que los periodistas que firmaron la Epístola de los Cincuenta tienen que conocer de sobra qué son unas comillas o un estilo directo. Que si yo digo que los musulmanes deben dirigirse a Mahoma como “profeta”, ello no significa que yo le reconozca como tal profeta. ¡No puede estar tan mal el periodismo actual como para ser incapaz de captar eso! Si en el caso de Espada han prescindido de tal conocimiento suyo, es porque hay algo que les impide aprovechar tal saber. La historia de la humanidad, qué digo, la historia de cada uno de nosotros está repleta de casos en que, sabiendo de sobra algo, hemos actuado como si no lo supiéramos. Creo que este es un nuevo caso.

Mi impresión se ha ido reforzando según se han ido conociendo los nombres de los y las Cincuenta. No todos han revelado su identidad (de hecho, a día de hoy el propio Espada desconoce qué compañeros suyos quieren reprobarle: algo que no deja muy bien a los tapados reprobadores, por cierto). Pero aquellos que sí han apoyado en público la Carta, gusten más o menos, es indudable que son todos ellos gente competente en el manejo de palabras: Lucía Méndez, Iñako Díaz-Guerra, Ferran Boiza, Rodrigo Terrasa, Javier Espinosa, Pablo Rodríguez Suanzes…

Es improbable, pues, que no sepan entender unas comillas. Aunque quizá me está cegando mi aprecio hacia los pocos de esos periodistas que yo ya conocía antes de este revuelo. De los textos de una de ellos, Lucía Méndez, me confieso incluso admirador: tan sencillos y dúctiles que podrían perfectamente pertenecer tanto a una hoja parroquial de Zamora como al boletín del Círculo Podemos-Fuenlabrada. No me negarán que se trata de una habilidad notable. Y en cuanto al otro caso que yo ya conocía, Rodríguez Suanzes, nada se podrá objetar a lo eficaz que es como corresponsal en Bruselas. Un tipo aplicado, al cual sería absurdo reprocharle que se consienta cierta vanidad (suele ocurrirles a los alumnos aplicados) y se ufane de que un antiguo profesor suyo, de nombre Pablo Iglesias, le pusiera “Sobresaliente”. Para los chavales aplicados, estas cosas son importantes.

Por consiguiente, el problema de Lucía, Pablo y tantos otros no es “que no hayan pillado el sarcasmo”, o “que no conozcan el estilo directo”. Son gente cualificada. Nuestro periodismo no puede estar tan mal. Su contrariedad, si se nos han mostrado tan escandalizaditos ante las palabras que usó Arcadi, ha de ser otra. Y he aquí mi hipótesis.

Retomemos lo apuntado: Arcadi Espada seguramente pasará a la historia del periodismo de este país. Añadamos algo: ellos no. Espada ha podido utilizar palabras como “mariconazo” en un artículo de modo hábil e impecable. Ellos es improbable que algún día sean capaces (de hecho, en las hojas parroquiales de Zamora te tachan esos términos inmediatamente, con comillas o sin ellas). Nos gustan mucho, décadas tras su fallecimiento, autores como Quevedo, Larra o Pla; pero reconozcámoslo: debió de ser a menudo torturante convivir con ellos. ¿Por qué se les permitían cosas que a los demás no? Creo que de vez en cuando deberíamos homenajear no solo a los grandes, sino a los pequeños que hubieron de soportarles. Tras un par de sinfonías de Mozart deberíamos detenernos a escuchar alguna serenata de Salieri.

Y en ese sentido Lucía, Pablo, Iñako, Rodrigo y demás hacen bien en patalear. En recordarnos cuán duro es que te toque trabajar bajo el extenuante sol de un grande. Y deberíamos agradecérselo por nuestra parte.

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