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PI, otoño del 17

Foto: Martin Alipaz | EFE
Va perdonando la vida Pablo. Es el fin de la Historia pasado por Vallecas y Somosaguas. Lo suyo va de dinamitar el sistema desde dentro, hacia el final de la escapada o hacia un edén de sonrisas. Quien no sonríe se va al gulag, donde hace frío y los lobos/trolls te despellejan por traidor al militante de base que no era militante; quizá era un círculo, una marea, un perro, una ‘quechua’, una flauta.
Pablo Iglesias pudo cambiar el mundo, pero hizo de la politología un arma cargada de futuro que le va dando amantes, amigos, clases, sueldo, y todo un archivo audiovisual de entrevistador pagado de sí mismo. Iglesias ya no condiciona lo de ‘antañazo’, pero hay mucho jubilado que aún le ríe las gracias. Sus encuestas internas, las correcciones depuradas del alma pensante de Podemos -Bescansa- le han ido laminando, a pesar de todo, ese orgullo machirulo que hay entre el frikismo y la conciencia de clase.
Chavista vestido por Alcampo, en el descalzaperro catalán ha visto el espejo de su propia inopia. Se ha ventilado a Dante Fachin, lo cual es siempre una buena noticia, pero va dejando el camino plagado de cadáveres. Si no toca pelo, si el presente no le hace caso, los suyos escrachean un congreso de Literatura en León o recomiendan una serie. Como todo Calígula tiene luz y sombra.
Podemos, en el año 17, ahí anda empozoñando la nada, mareando la perdiz: entre las voces extemporáneas de su clon femenino, Montero, y esas discrepancias internas que corta de raíz ‘por sus santos x’. Después del “pacto de los botellines” con Albertito Garzón, no se le recuerdan más hitos en pos de la clase obrera. Ya no tuitea con la fuerza de antaño y en su ironía siempre hay colmillo, palo largo y mano dura. Con el Bardem menos conocido nos perdona la vida en las RRSS; nos dan el pan, la paz y la palabra. En su haber tiene la implosión del PCE. Nunca se lo perdonarán las cunetas, ni las Brigadas Internacionales que nos quedan con memoria.

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