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Pielfinismo en pleno siglo XXI

Foto: Vincent West | Reuters/Archivo

Créanme, hay un momento al día en que pienso que no podemos tensar más la piel, fina piel, que cubre esta sociedad moderna y avanzada y renovadora y revolucionaria y bla, bla, bla. Pero luego llega la noche para recordarme que siempre hay tiempo para un penúltimo estirón. Es ésta una sociedad ofendida de base, que cree en la ofensa como método para exhibir cualidades morales que no hacen falta ser exhibidas, y que eleva al ofendido a un altar donde será venerado por remover pijiconciencias ocultas. Pero lo peor en esta peligrosa deriva es la tendencia que empieza a calar en el ánimo del pueblo: nada ofende tanto al hombre medio como el arte. Es extraño, pues el arte, elemento disruptivo por excelencia, ha bombardeado otras corazas, pero pocas veces las del pueblo, que suele aliarse con él para enderezar tuertos y desfacer agravios.

Sí, el arte está más perseguido que nunca, los hostigadores son aquellos que siempre estuvieron de su parte. Sin ir más lejos, días atrás, una noticia corría como la espuma por todas las cabeceras nacionales: un colectivo de payasos de no sé qué país europeo exigía la retirada inmediata de la película ‘It’, basada en una novela de Stephen King, por “denigrar la profesión” y, ojo, por “ofender sus sentimientos”. Vaya, la figura ofendida es esta vez, nada más y nada menos, que el payaso, el pilar en el que se apoyó, por ejemplo, Chaplin para darle vida a Charlot, el maravilloso personaje que con tanta elegancia enarboló la bandera de la crítica social y de la ofensa (aquí sí) conveniente. No, señores payasos, el arte, esa arma que ustedes mismos empuñan, no puede censurarse porque la quemadura en la piel fina de esta sociedad lo exija. El arte está muy por encima de eso.

Pero no todas las censuras se cocinan en “no sé dónde”. España, país de extremos, eleva este pielfinismo a la categoría de costumbre. Sin ir más lejos, hace unos días, artistas como Loquillo, Alejandro Sanz o los chicos de Radio Futura veían cómo ciertas canciones de su autoría eran excluidas de las fiestas de un pueblo de Toledo porque herían la piel del concejal de turno. Este concejal, supongo, no sabe que a menudo el arte vive precisamente de eso, de la herida que provoque. De hecho, y volviendo al asunto de los payasos, precisamente el ‘clown’ en el que se apoyó Chaplin para desarrollar su carrera era español, de Jaca, respondía al nombre de Marcelino Ordés y llegó a convertirse en un icono de la sociedad cultural británica y norteamericana en las primeras décadas del siglo XX. Años más tarde, una criada se encontró el cuerpo de “Marceline“ sobre la cama de un modesto hotel de Manhattan, perforada la sien por una bala funesta. ¿El porqué del suicidio? El payaso consideraba que su arte había dejado de herir. En el entierro, allá en el cementerio de artistas de Kensico, Nueva York, una corona de flores destacaba sobre el resto. La enviaba Charles Chaplin, el hombre que pocos años más tarde hirió de muerte al nazismo con el aire cómico de su gran dictador. Y es que la herida, insisto, está por encima del herido.

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