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Pinker en el autobús

Foto: Fernando Vergara | AP

Las dos mujeres que se sientan enfrente deben de andar sobre los cuarenta y largos, tal vez cincuenta y pocos; empieza a ser complicado cifrar según qué edades, más cuando el ingreso en la madurez (y aun en la vejez) no conlleva renuncias. Ni al yoga ni al sexo ni a la indignación. Además de la esperanza de vida está ese insólito alargamiento de la plenitud. El Gardel que cantaba “las nieves de tiempo platearon mi sien”, conviene recordarlo, apenas había rebasado los cuarenta.

Dos mujeres enfrente. Una de ellas (la que está junto a la ventana, en diagonal respecto a mí) se queja cansinamente (un levísimo chasquido) del aire acondicionado; es probable, me digo, que sea esa gelidez de Corte Inglés la que hace el silencio entre los pasajeros. La otra se le apoya en el hombro, en un intento de serenarla que más parece un pretexto para la ternura y, con el índice de la mano derecha, le acaricia el dorso de la izquierda. Viene un beso. Y otro.

Trato de reprimir la indiscreción enterrando la cabeza en El orden del día, que me dejará atrapado un tiempo en el Hollywood Custom Palace, vistiendo nazis de cine desde 1940. Al levantar la vista, y como quiera que siguen los arrumacos, intento aparentar que la escena no me escandaliza sino-todo-lo-contrario. Ah, pero la búsqueda de ese contrario se revela infructuosa. Porque lo contrario sería aplaudir. Y no, acabáramos. Aunque bien pensado, ¿por qué no? Aplaudir al pasaje entero, a todos nosotros; al vehículo y su refrigeración escandinava; al hecho de que sean las cuatro de la tarde y nos dirijamos mayoritariamente a la mejor playa urbana de Europa y quién sabe si del mundo; a que nadie escupa ni fume; a que una plataforma móvil se haya desplegado para recoger a un minusválido (que ha ocupado de inmediato un acomodo preferente); a que una voz de galán anuncie las paradas. A que conduzca una mujer. Entiéndanme, yo aún recuerdo la mañana en que mi abuela, con una mezcla de asombro y piedad, me dijo: “Hoy bajaban dos negros por la calle Regomir”. Y con eso echábamos el día.

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