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Pisito franco

Foto: Uncredited | AP

La cinematografía sobre ETA, excepción hecha de la imponente obra de Iñaki Arteta, es la historia de un fracaso. En el apartado de ficción, apenas merecen tenerse en consideración El pico y La muerte de Mikel. El resto han sido aproximaciones propagandísticas de valor catártico (Operación Ogro, La fuga de Segovia, El proceso de Burgos); rarezas del calibre de Comando Txikia, un infame docudrama a mayor gloria del almirante Carrero (puro cine de barrio de los años setenta); y soliloquios melodramáticos acerca de las contradicciones que atormentan a los terroristas, categoría en la que se engloban Yoyes o Sombras en una batalla. Se trata, en suma, de películas cuyo denominador común no sólo se cifra en su mediocridad, sino también en su mezquindad. Ninguna de ellas exhibe el punto de vista de las víctimas salvo que éstas sean etarras.

En la vertiente documental, y dejando de lado, insisto, el cine de Arteta, las noticias no han sido mucho mejores, y ahí están, para acreditarlo, La pelota vasca, simulacro de conversación en la que una de las partes no comparece, y El fin de ETA, crónica de la que ya hablé en estas mismas páginas, y en la que Otegi y Egiguren aparecen retratados como dos esforzados idealistas que, contrariando a los extremistas de uno y otro lado, tratan de sellar la paz, y que tiene su correlato ficcional en El negociador, fallido intento de fijar, en clave de humor y apelando a algún que otro efluvio enternecedor, del tipo ‘vayámonos de potes, Josu Ternera’, el relato de una negociación que nunca fue tal.

No faltaban antecedentes, en fin, para que me acercara a Fe de etarras con traje de artificiero, temiendo la inexorable, inminente broma que arruinaría el film, máxime teniendo en cuenta que el director, Borja Cobeaga, lo fue también de El negociador, amén de guionista de la sandia Ocho apellidos vascos. No obstante, y a medida que la historia se iba devanando, fui aflojándome la coraza y relajando el ceño. Hasta que a raíz de una ocurrencia del personaje de Julián López a propósito de ETA y el Athletic, me sonreí. Duró apenas una centésima y antes que una sonrisa-sonrisa, ya digo, fue más bien un ademán frustrado, una tentativa arrogante, como la de un Anton Ego del arte y ensayo que concediera el visto bueno a una escena, hum, graciosa. Pero lo cierto es que me había sonreído y, lo que aún es peor, ya no dejé de hacerlo. Tanto es así que a mitad de película me asaltó un remordimiento parecido al de Kevin Kline en In & Out. Como recordarán, Kline interpretaba a un profesor de instituto que, en el cénit de su tormento, trata de convencerse de su heterosexualidad con una casete de autoyuda que incluye como prueba definitiva de la condición de machirulo la resistencia a bailar el ‘I will survive’. ¿Entonces, soy maricón?, se preguntaba Kline tras haberse librado al contoneo. ¿Soy acaso un frívolo, un tibio… un mal español?, me preguntaba yo cada vez que López, etarra de Albacete, abría la boca, o cada vez que el comando se sentaba a ver (¡y a comentar!) los partidos de España (la película transcurre durante el Mundial 2010).

Mas no hay cuidado. Fe de etarras no es una salva de chistes a mayor gloria de la innoble equidistancia, sino un demoledor alegato contra el terrorismo (al modo en que El verdugo, toute proportion, lo fue contra la pena de muerte), una mordaz impugnación del nacionalismo (disculpen el ataque de crítico al que he sucumbido) y una burla audaz, por inhabitual, del narcisismo de la diferencia.

El único fallo, y no es un fallo menor, afecta a los títulos de crédito. Al término de Fe de etarras, en efecto, debiera haber un texto que informara al espectador de que los etarras que han inspirado la película con la que tanto nos hemos reído, asesinaron a 829 personas. Y propiciar, así, que la sonrisa, siquiera por un instante, sea sonrisa helada.

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