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Plus femenino

La primera tentación del articulista es plantarse ante el Día Internacional de la Mujer con pose equidistante. Preguntándose por qué demonios no hay un Día Internacional del Hombre, más allá de algún intento provinciano y mimético. La discriminación positiva nos dará de inmediato su respuesta automática: porque a la mujer le hace falta. No tengo claro si es muy correcta o no, al menos desde un punto de vista diplomático. Aunque si la discriminación positiva lo dice, será porque quedan, en efecto, cosas que afinar. El poeta Francisco Bejarano lleva años advirtiéndonos que, cuando dedican un día internacional a algo, hay que echarse a temblar, porque lo necesita. Hay Día del Libro, ay, pero no del Fútbol.

Yo prefiero alinearme con don Álvaro d’Ors. Defendía el masculino genérico porque no era un simple signo arbitrario del idioma ni, mucho menos, que la economía (ni siquiera la lingüística) lo explicase todo. Existe un trasfondo antropológico y metafísico. El Hombre es el mínimo común denominador de lo humano. La Mujer: una especialización, un perfeccionamiento, un modelo de gama alta. Si se usase un femenino genérico, como hacen ahora algunos y algunas a los que la larguísima redundancia de los dos géneros enseguida se les ha quedado corta, el instinto del lenguaje nos avisaría de que no cabemos en la etiqueta de las mujeres. Somos sólo hombres.

Como poco, es una explicación bien galante. Tengo empíricamente comprobado que el mejor remedio contra el machismo no es la repulsa de la virilidad, sino su exacerbación: la caballerosidad. Creo, además, que la de d’Ors es una explicación correcta. Hay en las mujeres un plus que se añade, como una superabundancia de gracia, a sus valores netos en igualdad de condiciones. Se ve bastante bien en la literatura. Wislawa Szymborska es tan buena poeta como cualquiera de los mejores y, además, es muy mujer en sus versos, lo que los dota de otra dimensión más. ¿Pareceré obvio si digo lo mismo de Jane Austen? Yo creo que sí, que lo pareceré, pero tanto no lo seré. El caso de Santa Teresa de Jesús resulta indiscutible. Y el de Safo. Y el de Emily Dickinson. Y más cerca de nosotros las poetas Isabel Escudero, Susana Benet, Amalia Bautista o Rocío Arana son paradigmáticas. Todo esto pasa igual en la vida corriente, pero es más claro —y más aséptico— ejemplificarlo con la literatura, que para eso está.

También puede ser, por supuesto, que yo —sentimental, sensible, sensitivo— tenga una intensa querencia a detectar el plus femenino, que es lo que justifica el masculino genérico, por lo mínimo común denominador, y el Día Internacional de la Mujer, por lo específico y especial. Quizá entre ellas pase lo contrario; y perciban la masculinidad como un añadido particular al género humano. Si fuese así, que no lo sé, entonces sí que habría que buscarse con urgencia un Día Internacional del Hombre. Que cada vez nos hace más falta, por cierto. Propongo que fuese, ya puestos, el mismo día, para que nadie se quedase hoy sin su otra mitad que celebrar por todo lo alto.

 

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