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Podemos y un vídeo para después de una guerra

Foto: Congreso de los Diputados | Youtube

A Podemos no le ha gustado el vídeo en que dos veteranos de la Guerra Civil conmemoran el 40 aniversario de la Constitución Española. Juan Carlos Monedero escribía en Twitter que el vídeo era “una puta vergüenza”. Podría haber sido peor: podría haber escrito que la batalla del Ebro fue una pelea de bar, o algo similar. El caso es que tanto él como Pablo Iglesias han remarcado que ver reconciliados, y elogiando la Constitución del 78, a quienes hicieron la guerra en trincheras enfrentadas era como igualar a un judío y a un oficial de las SS. En fin, ante determinadas declaraciones twitteras, siempre recuerdo los versos que José de Irisarri le dedicó a la imprenta: “Sin estos trastos en edad tan culta, mucha ignorancia quedaría oculta”.

En efecto, su lectura del vídeo no es demasiado fina, pero tampoco es sorprendente. Antes de entrar en los porqués, no quiero dejar de agradecer a Podemos su empeño por defender la legalidad de la II República española y su legitimidad frente al golpe que terminó por derribarla. Ay, si estos buenos hombres defendieran la democracia de 2018 con tanta firmeza como defienden aquella de 1936, qué bien nos iría.

Los dirigentes de Podemos consideran que el vídeo, y en general la llamada Reconciliación Nacional, no pretende sino eximir de responsabilidad histórica a los sublevados, cuya equiparación con quienes disparaban en defensa de la legalidad tiene un efecto blanqueador para unos y degradante para otros. No obstante, ni el vídeo, ni ninguna corriente historiográfica seria, ha pretendido equiparar moralmente, por ejemplo, a Manuel Azaña y Francisco Franco. La legitimidad moral de II República frente al franquismo no está en cuestión. La reconciliación no tiene que ver con repartir las responsabilidades morales de la Guerra, ni en equiparar democracia y fascismo. Sin embargo, es preciso entender —y es aquí donde la visión de Podemos peca, como poco, de infantil— que la mayoría de españoles que hicieron la guerra no se movían por grandes ideologías abstractas, sino por distintos motivos personales: el azar, la religión, la familia, la venganza, quién sabe. “Guerra” es un concepto que sirve para referirse globalmente a un fenómeno, pero no para explicar las experiencias individuales, e incluso en un territorio tan reducido como España, la experiencia individual se materializó de infinidad de maneras. Considerar que quien empuñara un fusil en el frente sublevado fue y es, necesariamente, un fascista, es entender poco de la guerra y, si me permiten, de la naturaleza humana.

Como decía, nada sorprendente. Podemos nunca ha tenido interés en los matices. Ahora que vuelve a estar sobre la mesa la creación de una Comisión del verdad sería buen momento para que el partido morado espabilara, se hiciera cargo de la complejidad del asunto y dejara de tratar la Guerra Civil como un extraño fetiche. Para dar sentido a esta Comisión, entendida como ejercicio de documentación de patrones de abusos, mediante la recopilación de testimonios y datos, como ha señalado en múltiples ocasiones la profesora Paloma Aguilar (y recientemente aquí), es imperativo que los políticos que la defienden se esmeren en superar una visión adolescente de la Guerra y cesen de utilizarla para sus actuales intereses políticos. Se trata de saber la verdad sobre el pasado, no de atribuir cargas presentes. Desde sus inicios, Podemos ha buscado imputar a la derecha una culpa genealógica. Y aún hoy consideran que por la sangre de sus adversarios corre el ADN del franquismo. Para que esta comisión sea factible y nos resulte útil como sociedad, es importante que los políticos no instrumentalicen el pasado, sino que lo conozcan, en toda su complejidad. Lo dramático de las guerras es, justamente, que muchas buenas personas terminan matándose entre sí.

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