David Mejía

Podemos y la derecha sentimental

"Es importante remarcar que Vox no es la contrafuerza de Podemos, sino la extensión de un mismo cáncer"

Opinión

Podemos y la derecha sentimental
Foto: Daniel Pérez
David Mejía

David Mejía

Licenciado en Filosofía y Teoría de la Literatura. Ahora en Columbia University. Hace radio en WCKR FM 89.9 FM, New York.

Pablo Iglesias fue elegido eurodiputado en mayo de 2014, diputado nacional en diciembre de 2015, y desde enero de 2020 es vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030 del Gobierno de España. Si el poder todavía no ha refinado las ideas y las formas de Iglesias, creo que es justo considerar que nunca lo hará. Su comportamiento en los últimos meses invita más bien a pensar lo contrario: el poder ha endurecido su fibra autoritaria. Esta semana hemos escuchado a su portavoz señalar a un periodista, y a él amenazar directamente a la oposición. Conviene recordar que ya no es un joven profesor asociado, sino el número tres de un Gobierno, con mando en el CNI. Las pulsiones originarias de Podemos -o sea, de Iglesias- no se han templado, y es ahora cuando comienza a aflorar su mayor contribución a la vida pública de nuestro país: convertir el odio en la principal emoción política.

La calidad moral de un político se mide, precisamente, observando la distancia que adopta frente al odio. Y el odio ha sido, desde sus inicios, el combustible emocional del partido de Iglesias. Ha mostrado esta predilección en innumerables ocasiones, tanto en su política de pactos como en sus intervenciones públicas a favor de las peores causas. Por otra parte, Iglesias nunca ha ocultado su intención de tumbar un régimen que considera ilegítimo por su contaminación franquista, y por eso siempre ha preferido como aliados a quienes tienen como programa la destrucción del Estado. Y para agitar los cimientos del sistema es conveniente dinamitar la convivencia, obligar a los ciudadanos a elegir una trinchera.

Podemos ha dopado el juego democrático con emociones de gran combustión, y ahora observamos que la derecha no va a renunciar a la satisfacción de sumergirse en su propia corriente emocional. La derecha funcionarial y templada que encarnaba Rajoy ha quedado atrás, y ha cedido el paso a una derecha sentimental que Vox ha sabido canalizar; Podemos ha alumbrado, al fin, a un enemigo de su diminuto tamaño con quien disputarse la hegemonía del odio. La trayectoria política de Podemos es una guía de comportamientos antidemocráticos, y una parte de la derecha ha tomado nota. Los inventores de la deshumanización del adversario exigen ahora la moral pública que dinamitaron, así como exigen respeto por unas instituciones que han contribuido a desprestigiar. Vox ha aprendido esa lección: no hay nada sagrado; ni el pacto transicional, ni las instituciones democráticas, ni los enfermos, ni los domicilios privados. Sólo desde la ingenuidad se podía pensar que la baraja se rompería sólo de un lado.

Es importante remarcar que Vox no es la contrafuerza de Podemos, sino la extensión de un mismo cáncer. El odio tiene sus instrucciones de uso, y muchos subestimaron su naturaleza inflamable en los primeros escraches, señalamientos e impugnaciones de gobiernos legítimos. Hoy el enfrentamiento civil es una posibilidad menos remota que ayer. Eso debe ser suficiente para hacernos reflexionar y para que las administraciones se preparen para un posible rebrote de odio.

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