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Podemos y los sueños cumplidos

Foto: Paul White | AP

Qué lejos quedan aquellos días de mayo en que los jóvenes del Sur de Europa tomaron las plazas y los parques clamando por una democracia real y exigiendo un porvenir arrebatado. Corría el año 2011, se destapaban los casos de corrupción y el obsceno despilfarro de los años caudalosos, al tiempo que comenzaban los recortes. Muchos se percataron de que con Lehman Brothers quebraron también los sueños de una generación. Ni el plan E, ni el gol de Iniesta habían servido para mitigar el desconsuelo de una juventud que veía su futuro mutilado. A diferencia de mayo del 68, el motor del 15M no fue el arrebato revolucionario de burgueses aburridos, sino el desconsuelo de una juventud consciente de que el aburguesamiento era un lujo inalcanzable. No protestaban contra sus padres, sino contra el conglomerado de causas que les impedirían ser como ellos. No fue una protesta contra el sistema, sino una concentración a sus puertas cuando se cerraron de golpe ante sus caras. En este ecosistema de juventud desencantada, al que se sumó la desesperación de las capas más frágiles de la sociedad, golpeadas de lleno por la recesión, emergió Podemos.

Un grupo de personas se organizó con afán de capitalizar esa legítima indignación y crearon un movimiento, cuyas raíces ideológicas son hoy bien conocidas. Su principal activo era un líder, bravo y carismático, que no sólo empatizaba con los problemas de la gente, sino que los compartía. La legitimidad moral del partido residía en que su líder, Pablo Iglesias, era un desamparado más que había dado un paso al frente. Por esta razón, cuando saltó la noticia de que él y la número dos del partido, Irene Montero, habían comprado un chalet en la sierra de Madrid, por valor de 600.000 euros, algo en la narrativa se quebró. Los sueños del 15-M comenzaban a cumplirse. Al menos, para algunos.

La contradicción principal que cabalga Pablo Iglesias desde entonces no es en sí la compra de la casa, sino el hecho de que puede afrontarla sólo gracias a su escaño en el Congreso. Un escaño logrado prometiendo mejores condiciones de vida a los más débiles. Esto abrió una gran grieta moral en Podemos. Fue el momento en que se rompió el hechizo y el partido comenzó a perder un capital emocional imprescindible para su supervivencia: el proyecto político que debía servir como elevador social de la gente sólo había servido para elevar a sus líderes, que han visto muy mejoradas sus condiciones materiales de vida desde su entrada en política. Ahora es imposible disimular la crisis. Lo que estamos presenciando se parece más a la descomposición de un cártel que a una escisión ideológica. Podemos sólo ha sabido articularse a través de su líder –no hay contrapesos, ni alternativas internas- y su contaminación moral está en el origen de la hecatombe que estamos presenciando.

Parece que Podemos se apaga, pero se quedan la agresividad y el populismo que trajeron a la arena política española. Quizá sea ese su único legado. Bueno, hay algo más: Podemos ha cumplido la función de servir de puerta giratoria a su líder. De Sol a Galapagar. La política le ha servido para escalar socialmente hasta una clase social que no hubiera alcanzado por otros medios. Se acabó el hechizo, pero nos queda el consuelo de saber que algunos jóvenes del 15M sí han logrado vivir como sus padres.

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