Andrea Mármol

Podemos&Colau Vs. 1978

Opinión

Podemos&Colau Vs. 1978
Andrea Mármol

Andrea Mármol

Periodista descreída de las citas y datos. Demodé. De la levedad sabida nace la virtud.

En la inauguración de su mandato como alcaldesa de Barcelona, la señora Colau sentenció: «desobedeceremos las leyes que nos parezcan injustas». Presa de sus promesas electorales, no le quedó más remedio que reconocer de manera abierta, aunque edulcorada, que su compromiso con las reglas del juego era arbitrario y antojadizo. Recordemos: para entonces Podemos se empezaba a ver como una fuerza política nacional con probabilidades de alta representación y lo que hoy llamamos ‘procés’ contaba con una cita electoral fijada en la que los catalanes habíamos de dirimir si abrazar o no la independencia.

La coincidencia temporal del alza de Podemos y del separatismo catalán fue, al menos en un momento concreto, muy reveladora por cuanto ambos fenómenos ponían de manifiesto el resultado de años de devaneo con el principal mal del que hoy adolece nuestra democracia: el supuesto pecado original de las instituciones españolas y el consecuente desprecio a la ley que de ellas emana. Una simbiosis que perdura: basta con comprobar quiénes se refieren a nuestro proyecto común como régimen del 78, o la nula diferencia existente entre los que animan a rodear el Congreso durante una sesión de investidura y los que jalean la creación de parlamentos paralelos para cargos inhabilitados. Se trata de una alianza sólida incluso en las metáforas.

De algún modo cobró sentido el razonamiento por el cual la puja simultánea del nacionalismo y el populismo no eran sino formas de desafección hacia el sistema constitucional dispares en acento, pero con un motor común de impugnación al sistema que opaca las diferencias, reducidas a menudencias. Al cabo, los portavoces más destacados de ambos movimientos hoy coinciden sin fisuras cuando de señalar al culpable se trata: el Gobierno de España y todo lo que le rodee.

Es la coda habitual en torno al debate territorial, a la que con mayor afán se agarran hoy Colau o Pablo Iglesias, desde ayer portadores oficiales de la bandera de la soberanía catalana. La ondean como alternativa a la de la secesión porque desconocen que ambas esconden tras de sí el menoscabo de la Constitución. Y, sin embargo, incluso quienes estamos convencidos del igual pronóstico que en ambos proyectos se adivina, al intentar colocarlos en el mismo saco algo no termina de cerrar: sería deshonesto e injusto omitir, por ejemplo, los insultos que el entorno comunero ha recibido en los últimos meses por parte del exaltado nacionalismo catalán en las redes sociales. Curiosamente, sólo a partir de esas muestras de desprecio algunos han comenzado a denunciar los peligros de la sociedad binaria. Bienvenidos sean, más no pioneros en el descubrimiento de lo que ahora y sólo ahora tienen a bien llamar fratricidio.

Lo cierto es que la escalada antidemocrática de la Generalitat se ha llevado por delante incluso la complicidad entre los detractores del sistema constitucional nacido en el 78. Los catalanes partidarios, que nunca cupimos en esa bicefalia, al menos es mi caso, no podemos dejar de comprender la indignación de quienes ahora son tachados de malos catalanes: ellos, que siempre habían reído todas las gracietas, ahora han de verse expulsados del Edén.

Sin embargo, y a la luz de los acontecimientos, parece que están dispuestos a pagar el precio que sea menester y a olvidar cuantos insultos haga falta para mantenerse ahí. Fuera hace demasiado frío. La cena de Pablo Iglesias y Oriol Junqueras el pasado 26 de agosto viene a ser la constatación de que para ellos -ambos- en Cataluña cualquier alianza puede ser fructífera si esta alcanza para afianzar un gobierno que pueda sumar contra la idea España. Y así los hermanos vuelvan al hogar.

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