Joaquín Jesús Sánchez

Pongamos que hablo de Madrid

«La verdad es que en Madrid todo el mundo te pregunta de dónde eres, porque cualquiera es de otro lado»

Opinión

Pongamos que hablo de Madrid
Foto: Mariscal| EFE
Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez (Sevilla, 1990) estudió Filosofía y escribe crítica de arte, crónicas malhumoradas y artículos de variedades. Puede seguir sus trepidantes aventuras en www.unmaletinmarron.com

Al comienzo de Estudio en escarlata, la primera novela de Sherlock Holmes, Watson relata cómo al volver de la guerra afgana, herido y arruinado, gravitó «naturalmente hacia Londres, sumidero enorme donde van a dar de manera fatal cuantos desocupados y haraganes contiene el imperio». Algo parecido podría decirse de Madrid, pero sin el encanto victoriano.

Hay mucho cuento con esta ciudad del demonio, pero el «rompeolas de todas las Españas» no es más que un embalse que vive de esos afluentes depauperados llamados «provincias». Riadas de chavales lampiños llegan a Atocha dispuestos a labrarse una carrera —porque el paro juvenil está disparado en todas partes en general, pero en la periferia en particular—. Una ciudad de aluvión. ¿Saben? La verdad es que en Madrid todo el mundo te pregunta de dónde eres, porque cualquiera es de otro lado. «De aquí» son los amigables caseros que te van a alquilar una habitación diminuta por dos tercios de tu sueldo, diferentes sujetos con apellido compuesto y otro nutrido montón de sacacuartos. Madrid, para el que le ha tocado vivir en ella, no es una ciudad amable ni hospitalaria, sino un sitio invivible, con precios disparatados y con una política regional que se esfuerza, legislatura tras legislatura, en desmontar los espacios vecinales, los lugares de encuentro y, en fin, todo aquello que te pueda alejar de consumir y trabajar por un jornal que apenas te llega.

Todo está lejos, todo es ruidoso, todo es caro. Estoy seguro de que, si tuviesen opción, la mayoría de los andaluces, extremeños, gallegos y demás se volverían felizmente a sus orígenes. Sin embargo, seguimos escuchando, erre que erre, las maravillas de la villa y corte, una tierra prometida a la que solo le faltan manantiales de leche y miel. «El paraíso de la libertad» que hay que defender a toda costa de bolcheviques, separatistas y descentralizadores, no sea que se reparta un poco el pastel y la gloriosa capital del reino vuelva a convertirse en un erial perdido en la meseta.

Oh, Madrid, gran ombligo de la nación, qué harto me tienes.

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