Manuel Arias Maldonado

Pop Life

Si uno se para a pensarlo, resulta asombrosa la importancia que ha adquirido la celebridad en la sociedad tardomoderna. Unos quieren ser famosos y otros observan a quienes desean serlo: su candidatura, ascenso, decadencia. En los últimos años, la hipermedialidad digital ha exacerbado este rasgo inherente a la cultura de masas: uno puede convertirse en estrella manejando una cuenta de Twitter o ejerciendo de youtuber. También la política ha experimentado en los últimos años una acusada tendencia a confundirse con el papel cuché, hasta el punto de que Pablo Iglesias dejó escapar hace unos días su deseo de que España se masturbe con su formación política. Andy Warhol supo identificar esta aspiración universal a la notoriedad cuando ironizó diciendo que en el futuro todos seríamos famosos durante 15 minutos.

Opinión

Pop Life
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

Si uno se para a pensarlo, resulta asombrosa la importancia que ha adquirido la celebridad en la sociedad tardomoderna. Unos quieren ser famosos y otros observan a quienes desean serlo: su candidatura, ascenso, decadencia. En los últimos años, la hipermedialidad digital ha exacerbado este rasgo inherente a la cultura de masas: uno puede convertirse en estrella manejando una cuenta de Twitter o ejerciendo de youtuber. También la política ha experimentado en los últimos años una acusada tendencia a confundirse con el papel cuché, hasta el punto de que Pablo Iglesias dejó escapar hace unos días su deseo de que España se masturbe con su formación política. Andy Warhol supo identificar esta aspiración universal a la notoriedad cuando ironizó diciendo que en el futuro todos seríamos famosos durante 15 minutos.

Sucede que la sobreabundancia de aspirantes va de la mano de su inevitable jerarquización. Por decirlo en términos bíblicos, muchos son los llamados y pocos los elegidos. The chosen one, precisamente: así se conocía ya a Lebron James, superestrella de la NBA, cuando descollaba en las ligas de bachillerato. Y lo mismo puede decirse de Prince, el David Bowie de mi generación (en feliz apunte de la cantante Neko Case), cuya prematura muerte ha dejado en estado de shock a quienes penetramos en la música pop, durante la primera juventud, a través de sus formidables álbumes.

Prodigio adolescente, instrumentista total y talento prolífico hasta el absurdo, Prince fue un fenómeno arrollador que sin embargo supo, a pesar de su exhibición pública, conservar un aura de misterio común a los grandes genios del pop: de Dylan a Bowie. De hecho, ellos tres se reparten las décadas clave del desarrollo de la gigantesca maquina afectiva del pop: los 60, los 70, los 80. Todos ellos han sido incansables creadores, obsesionados con el control creativo de su trabajo. En su monumental historia del pop, Bob Stanley ve a Prince como a “un benevolente dictador –el Tito del pop”. Y es que la fama, cuya administración exige el adecuado manejo del talento propio y la gestión inteligente de las percepciones ajenas, cuesta: incluso mata. Pero qué gozosos son sus frutos para quienes, más allá de las paredes del estudio, podemos disfrutarlos.

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