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Por amor a los taxis (I)

Foto: EFE | EFE

Los economistas somos dizques científicos sociales. En mis mejores días a veces me lo creo. Al terminar el largo ritual de vestirme formalmente, ya amarrándome la corbata, me veo al espejo, saco pecho, y me repito: “soy un científico y la ciudad es mi laboratorio”.  Esos suelen ser los días que cojo taxis. En parte porque estoy de ánimos (algo que en mi caso se traduce en unas poderosas ganas de hablar pistoladas) y en parte porque debo continuar con mis investigaciones.

Es en serio: todo científico social que se respete debe atenerse más al cuero viejo del taxi que a las armonías matemáticas del pizarrón. Pues es ahí, en el asiento de atrás, en el feudo del conductor, donde pulula la episteme sociológica. Por ahí entre su aura y su mal olor. En las partículas de saliva que salpican de sus opiniones. En ese su retrovisor que versiona un mundo que va incansablemente a peor, un mundo cuya única constante son los malos conductores, los peatones agüevoneados y la falta absoluta de buenos alcaldes. Un mundo en cuya esencia platónica reside la cosa-en-sí-misma de lo que sea que realmente estamos buscando nosotros los científicos sociales. O algo así.

Tal vez esté haciendo mal mi trabajo. Pero la verdad es que ni el más ortodoxo modelo económico me dice realmente qué carrizo está pasando. Solo me muestra números que varían. En los taxis, en cambio, he aprendido tantas cosas. Desde por qué López Obrador sucedería a Peña Nieto, bajo un chaparrón en Ciudad de México por allá en el año 2014, hasta qué realmente pasó en la Guerra Civil Española en un día de tráfico infernal yendo a Barajas. Y eso no es todo. He avanzado decididamente las investigaciones acerca de los carros voladores, los dron espía, la distancia relativa entre, el sol, la luna y Marte en una noche de eclipse (“fíjate, chaval, lo a tomar por culo que está Marte que hay eclipse en la luna, pero ya no hay eclipse pa’ Marte”) y destapado más de una conspiración mundial, la cual resulta siempre es la misma.

Es por ello por lo que con mucha honra debo anunciar, en tiempos de transporte por app (qué paso con estirar el brazo en la acera es un misterio), una serie de anécdotas de taxi que con este artículo intento estrenar, y que será una especie de última línea de defensa para esos sabios y chatarreros maestros que han hecho tanto por mi carrera académica.

Pues en lo que se equivocan los de Uber y Cabify es en que uno no va al taxi para que lo traten bien o a beber agua. No señor. Uno va al taxi para trasladarse de punto A a punto B y para conocer, entretanto, qué piensan realmente las ciudades.

Me decidí la otra noche, saliendo de un restorán cerca del Bernabéu. Nos tocó un taxista viejo, silencioso, de esos que aún no perdonan la primera acera que ensancharon por allá en los años setenta. Di mi dirección convencido que este era de los que no hablan, especialmente si el trayecto, como era el caso, no era largo ni había noticias del frente catalán. Por ello fue grande mi sorpresa cuando, después de una breve pausa, el viejo se volteó, y con una cordialidad demasiado estirada, nos dijo: “¿se les puede ofrecer a los caballeros un chupa chuzz?”

-“¿Qué es un chupa chuzz?”, dijo mi amigo, recién llegado de Caracas.

-“Un chupa chuzz es un caramelo pegado de un palo”, dijo el conductor, confirmando ya de una buena vez por todas que el taxismo, como el Quijote, aún no quería morir, que perseveraba entre pistoladas y laconismos, y que los suyos, en definitiva, habíamos de ir a salvarle

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