David Mejía

Por las malas

"Es imperativo entender que el extremismo populista engancha votantes porque se presenta como la última esperanza para solucionar problemas reales"

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Por las malas
Foto: Juan Carlos Hidalgo
David Mejía

David Mejía

Licenciado en Filosofía y Teoría de la Literatura. Ahora en Columbia University. Hace radio en WCKR FM 89.9 FM, New York.

Si los sondeos no yerran demasiado, Vox se convertirá mañana en la tercera fuerza política de nuestro país. Para la izquierda no es tanto una pesadilla hecha realidad como un sueño desbordado: han invocado tanto el fantasma de la ultraderecha que esta ha terminado por presenciarse. La imagen de un hemiciclo repleto de escaños verdes ha desatado una ola de pavor. Por desgracia, el pavor rara vez va acompañado de autocrítica. Nadie se pregunta en qué hemos fracasado colectivamente para que un partido como Vox alcance las cuotas de voto que se le pronostican. Porque Vox no crece sólo por el despertar repentino de racistas y ultramontanos, antes acomplejados. Vox no sube por el exabrupto machista, ni por las mentiras contra la inmigración, sino porque se ha ganado el respaldo de quienes les creen capaces de solucionar por las malas lo que los demás no han sabido solucionar por las buenas. Es imperativo entender que el extremismo populista engancha votantes porque se presenta como la última esperanza para solucionar problemas reales. Por eso, la oposición a Vox no puede limitarse a llevarse las manos a la cabeza o a desmentir sus prejuicios xenófobos; es preciso entrar a disputarle el terreno en esos temas en los que está cerca de acertar.

La cosa no es nueva: Podemos empleó la misma estrategia en 2014. Quien votó a Podemos no lo hizo por su tendencia peronista, sus loas a Chávez o su retórica cursi-totalitaria, sino por su aparente firmeza contra la corrupción y frente a una casta política extractiva que, en los peores momentos de la crisis, daba la espalda a los problemas reales de la gente. Vox ha invertido el esquema: ahora es la izquierda la que es malvada por naturaleza y la derecha la que es acomplejada y, por tanto, cómplice de sus desmanes. Como sucedió entonces, el voto a Vox no está tanto motivado por el odio como por el hartazgo. Hasta tal punto han deshonrado los partidos tradicionales el arte de la política, que no es sorprendente que muchos  ciudadanos decidan apostar ahora por la anti política. Nada contribuiría a neutralizar a Vox tanto como que cesara el perpetuo laberinto electoral, la constante instrumentalización de las instituciones o la satanización de los adversarios.

Lo dice muy bien Ricardo Dudda en La verdad de la tribu: la derecha populista construye un relato falso a partir de pequeñas verdades. Eso le basta para declarar un estado de alarma político y otro cultural, que en este caso se solapan: el fin de España tal y como la conocemos, como sujeto político e histórico y como comunidad de valores compartidos. Vox defiende la unidad de España, sí, pero lo hace por los motivos equivocados. Si se encara con el nacionalismo catalán no es porque lo perciba como una amenaza a los derechos de todos, sino porque atenta contra su visión de una España homogénea. Pero si no se les conceden ni esas pequeñas verdades, si se defienden con firmeza los derechos de todos frente al rodillo nacionalista, Abascal se quedará solo con sus locuras. Es sólo eso: si los demás hacemos las cosas bien, se quedan sin oxígeno. Si no, siempre habrá quien, guiado por el hartazgo, dé su confianza a quien parezca estar dispuesto a hacer lo que hay que hacer, aunque sea por las malas.

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