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Por qué, cuando estudio la historia, me alegra no ser de izquierdas

Foto: JAVIER BARBANCHO | Reuters

Creo que el momento de mi vida en que más me ha alegrado no ser “de izquierdas” se dio hace un par de años. Fue mientras visitaba un majestuoso palacio, el de los Golfines de Abajo, en una de las ciudades acaso más hermosas de la Tierra, Cáceres.

Recorríamos sus salas, asesorados por una guía tan sobria como eficaz, unas dos docenas de personas. Mas solo guardo memoria de una de ellas. No por el pomposo sombrero que vestía; no por su voz, algo más chillona de lo habitual; ni siquiera soy capaz de representarme a día de hoy su rostro exacto: apenas podría aseverar que se trataba de una mujer y que rondaba la cincuentena. Si me esfuerzo mucho, me vienen a las mientes unos rasgos faciales como de Carmen Calvo: pero sé que esta será sin duda una jugarreta que me gaste mi retentiva a posteriori, con escaso respaldo de veracidad.

Ahora bien, apostaría que no soy el único de aquel variopinto grupo que recuerda aún los estentóreos comentarios con que nuestra compañera salpimentó cada una de las espléndidas estancias en que nos adentrábamos. Mientras los demás disfrutábamos la belleza y tratábamos de revivir los esplendores elegantes que allí habían tenido asiento, ella no cejó de denostarlos todos: “Oh, hay que ver lo bien qué vivían estos nobles”, “Vaya, qué injusto que ellos tuvieran calefacción y tantos otros en su época no”, “Qué caraduras, fíjate cómo se gastaban dinero en recamados, mientras que otros solo podían malvivir”.

Las afirmaciones de nuestra entrañable acompañante no eran falsas por sí mismas. Eran algo peor: inoportunas. No tiene mucho sentido gastar una mañana cacereña y abonar una pequeña retribución como entrada para, en lugar de deleitarse de encantos palaciegos insólitos, pronunciar las mismas jeremiadas con que un cascarrabias podría solazarse a solas en su casa. El pasado es inmutable y ni una sola de las recriminaciones que nuestra justiciera social anduvo esparciendo alivió ni uno solo de los trabajos de los antiguos sirvientes de aquella casa solariega: solo amargó un tanto la visita de aquellos contemporáneos a los que nos tocó aguantarla. Y, lo que es quizá más paradójico: también impidió que nuestra concienciada cincuentona se regalara los instantes de placentera remembranza que gozamos los demás. Por eso me alegré tanto de (al menos en el ratito en que uno visita los lustres del pasado) no ser tan de izquierdas ni tan concienciada ni tan (quizá) parecida a Carmen Calvo como ella.

Más allá de la anécdota, creo que todo esto nos puede llevar a un problema que Nietzsche consideraba que se nos había hecho fundamental a los hombres de nuestro tiempo. La cuestión de cómo relacionarnos con nuestro pasado. En tiempos de la traída y llevada “memoria histórica”, en días en que el nuevo presidente de México exige al rey de España pedir perdón por la conquista de hace cinco siglos, en momentos en que toda consejería de Educación que se precie intenta diseñar una historia de su comunidad autónoma lo más identitaria y recia posible, sin duda la intuición nietzscheana no nos resulta obsoleta.

Pensaba Nietzsche que nuestra época corría el riesgo de vivir abrumada por el pasado: son tantas las cosas que nos han ocurrido ya, son tantos los empeños que hemos intentado, son tan excelsos los logros que se han alcanzado, que la tentación de cierta apatía resulta poderosa. Para qué aspirar a nada alto si ya hemos alcanzado las más egregias cumbres. Mucha gente que contempla el arte actual se pregunta por qué no resulta tan sublime como el de épocas pretéritas, y en su misma interrogante tendría la respuesta: precisamente porque es consciente de que las cúspides de la belleza ya se han hollado, tiene que jugar a conseguir otras cosas (sorpresa, feísmo, desgarro, autocuestionamiento) en que quede aún terreno por explorar.

Ahora bien, un modo fácil de librarse de la indolencia que nos pueden provocar los gigantes de la historia es adoptar una actitud moralista, bien diagnosticada por Nietzsche también. Basta con ponerse el monóculo de juez supremo y empezar a condenar a diestro y siniestro a todos aquellos que en el pasado no se doblegaron a nuestras preferencias morales actuales para sentirse, por fin, superiores a todos ellos. Bien es cierto que se trata de una superioridad impostada, capitidisminuida: yo soy mejor que Hernán Cortés o a Guzmán el Bueno o a Isabel la Católica no por las cosas que yo sea capaz de hacer, sino solo porque sé criticonear las que ellos sí supieron hacer. Pero las almas débiles están acostumbradas a que toda su supremacía consista en saber denigrar a los demás, así que con ello les basta.

¿Hay forma alguna de zafarse de esa disyuntiva entre o bien vivir intimidados por las glorias del pasado, o bien arroparse en la ilusoria preeminencia del moralista que no ceja en sus empeños ni cuando podría disfrutar en Cáceres de un antiguo palacio?

De nuevo es Nietzsche quien nos ofrece una escapada: en vez de tomarnos el pasado tan en serio como para achicarnos ante él o como para ensoberbecernos al juzgarlo, veámoslo mejor como un inmenso guardarropa. Un armario de disfraces a nuestra disposición que podemos usar o dejar guardados según nos convenga a la hora de tener una vida más rica, más noble, más pura. ¿Visitas un entorno palaciego repleto de minuciosidades exquisitas? No pierdas el tiempo rezongando; aprovecha para aprender la virtud de la distinción: del cuidado en cada aspecto pequeño de tu vida, del gusto incluso en lo más nimio. ¿Lees sobre Hernán Cortés y México? Alecciónate sobre cómo un mal estudiante de la Universidad de Salamanca supo rehacer su vida luego, viajando lejos y exprimiendo cuanto había aprendido para escribir relatos amenos de las peripecias que le acaecieron. ¿Te hablan de la guerra que enfrentó a tus bisabuelos con otros bisabuelos? Lejos de inventarte un rencor con ello, empléalo para desconfiar de cuantos predican una España de buenos y otra de malos, una de arriba y otra de abajo; no desentierres el resentimiento que tus antepasados superaron, recoge los frutos del árbol que juntos plantaron.

Cualquier ropero de trajes antiguos puede ser un foco de polillas o un surtidor de goce y enseñanzas para nuestra vida; concierne a cada cual elegir qué preferiría tener en casa.

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