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Por qué el Big Data nos hará más fuertes

The Great Hack, disponible en Netflix, ha sido quizás la verdadera película de terror de este verano. Y no es para menos.

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The Great Hack, disponible en Netflix, ha sido quizás la verdadera película de terror de este verano. Y no es para menos. Al contar las hazañas de Cambridge Analítica y su curioso pajarito piador, Brittany Kaiser, en más de una veintena de democracias alrededor del mundo, utilizando la tecnología de datos con fines electorales, uno se queda con la impresión de que este documental fue piloto descartado de la serie Black Mirror. Pero no. Esta es una peli, según la nomenclatura de los niños, de ‘la vida real’.

En el punto climático de The Great Hack, la señorita Kaiser hace una alusión despampanante ante el Congreso americano: “Lo que está en cuestión es la posibilidad de volver a tener una elección limpia en el futuro”. ¿Por qué? Pues porque los datos que dejamos en la web son instrumentos perfectos de manipulación y ya hay un mercado entero de consultores, como Cambridge Analítica, expertos en el arte de utilizarlos. La conclusión, por tanto, es natural: Big Data, Big Manipulation. Fin del cuento y de la democracia.

Visto de esa forma, el Big Data con fines electorales recuerda a la flauta mágica de los cuentos. Un zorro la sopla para que le sigan al despeñadero, como el populista que señala la utopía en el abismo. Las ovejas y la gente la siguen, ebrios de su magia.  Ciegos, extáticos e indefensos.

Si este es el caso, entonces el Big Data no es un invento reciente. La manipulación es el arte más antiguo de la política. Grandes flautistas han habido muchos, algunos con gestas mucho más sorprendentes que las de la camada de Trump. Pienso en Goebbels, que llevo a todo un país civilizado a la furia de la destrucción. O en Chávez. O en incluso algunos evangelistas y líderes de cultos.

La gran diferencia es que estos aprendieron su arte de otra forma. Tenían un genio interno, una capacidad de sumergirse en el lado oscuro de la psyche de sus tiempos. Como grandes escritores, sabían leer muecas. Construir personajes y caricaturas. Inspirar audiencias. Adivinar malos sentimientos para luego fingirlos. Algunos dirían que gracias a poderes de intuición. Dones de nacimiento.

El Big Data, sin querer estirar demasiado la analogía, es entonces una suerte de flauta transparente. Por primera vez, podemos ver los mecanismos de la manipulación. Comprobar a través de redes neuronales la certeza de nuestras intuiciones sobre estereotipos: efectivamente, la gente no solo no tiene albedrío individual, sino que resulta que se parece tanto que los algoritmos la clasifican naturalmente. La sociedad queda entonces dividida en grupos psicosociales, que comparten ciertos rasgos y tendencias, que forman una especie de nuevo círculo zodiacal que es el mecanismo principal de esta tecnología.

A partir de ahí, buscamos a aquel grupo más susceptible a cambiar de opinión, o de ir a votar cuando se pensaba no hacerlo. Y le bombardeamos con mensajes electorales sentimentalistas hechos a la medida de la visión más desnuda de su humanidad: de lo que hay detrás de sus máscaras, de lo que realmente temen, de lo que desean en silencio en noches de insomnio… todo gracias a sus datos, que los conocen mejor que ellos mismos.

Detrás de todo esto lo que hay, por supuesto, es una colosal humillación a la especie. A la sensación de libertad. Al peso de las opiniones en la política. A la percepción de ser civilizados y tomar decisiones como adultos. Reflexiones, en fin, que hacían falta. Pues si algo padecemos en este siglo de la complacencia es una pequeña dosis de realismo acerca de nuestra propia humanidad. Nos dejamos manipular porque no nos conocemos suficiente. Porque nos creemos demasiado buenos, demasiado modernos, demasiado ilustrados.

Por eso creo que estas herramientas terminarán fortaleciéndonos como a huesos tras una fractura. La manipulación sí es evitable, lo que hay es que aprender las lecciones correctas. Tras la Segunda Guerra Mundial, toda una generación europea las aprendió. Fueron ellos los que votaron los gobiernos más sensatos de la historia, gobiernos que construyeron este sistema multilateral que ahora peligra. La razón es que se conocían a sí mismos. La guerra los dejó desnudos. Y ya no oían más el sonido de la flauta.

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