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Por qué es humanitaria la prisión permanente revisable

Foto: Claudio Peri | EFE

Los decoradores de dormitorio infantil, Walt Disney y las niñeras poseen todos algo en común: propenden a enseñar a los críos que los animalitos son entes entrañables. Lógico entonces que muchos infantes los miren como seres pequeños, peludos y suaves, tan blandos por fuera, que se dirían como los peluches de su habitación. No fue mi caso: no vi nunca Bambi, mientras que a los siete años ya había engullido las obras completas de Félix Rodríguez de la Fuente. Cuando uno ha contemplado lobos que devoran jabalíes o un águila que acarrea por los cielos a una cabra montés, pocas ilusiones se hace sobre un supuesto mundo animal rebosante de ternura.

La ciencia evolucionista actual corrobora esas primeras impresiones mías, y refuta la de los peluches. Parecerá extraño recordarlo en un artículo como este, dedicado a defender la prisión permanente revisable para ciertos crímenes horrendos, pero lo cierto es que el ser humano es un animal relativamente pacífico. Solo debemos compararlo con las otras especies adecuadas: no con ovejas o caniches, claro (que han sido domesticados precisamente para evitar su agresividad); tampoco con perezosos o koalas (aunque a algunos humanos nos guste dormir casi tanto como a ellos). La comparación adecuada es la del hombre con los simios superiores. Y ahí parece que hemos reducido nada menos que mil veces la violencia entre humanos con respecto a la que hay entre chimpancés; hasta el punto de que algunos primatólogos, como Richard Wrangham, creen que nuestra especie es un simio que aprendió a domesticar… a sus congéneres y a sí mismo.

¿Cómo hemos logrado esa autodomesticación? Desde luego, no a través de publicar manifiestos contra la violencia ni de poner a nuestros niños a hacer murales en pro de la paz mundial. El método mediante el que los humanos, a lo largo de miles de años, hemos ido civilizándonos reside en algo que nosotros poseemos, pero los chimpancés no: la capacidad de aplicar castigos por parte de toda la sociedad, y castigos bien duros, a los agresores, en vez de dejar que las venganzas personales resuelvan los conflictos. De hecho, todos sabemos que la vendetta es un mal método para disminuir la violencia: normalmente, la multiplica, porque uno mata al padre de Íñigo Montoya, Íñigo luego le quiere matar a uno, el hijo de uno debe luego matar Íñigo… Los chimpancés aún no han aprendido esto.

Cuando la sociedad asume en cambio el deber de castigar a los agresores, se ha efectuado un gran paso adelante en la civilización. Cierto que se trata de una obligación, como casi todas, a veces molesta: ¿por qué debería importarme a mí castigar al que mató al padre de Íñigo Montoya, si quizá los Montoya ni siquiera me caen bien? Pero de ahí surgirá la ley, y el Derecho, y la Justicia. Y este es un primer motivo por el que muestran ignorancia quienes acusan a los partidarios de la prisión permanente revisable de “ansias de venganza”. Como cualquier otra pena judicial, se trata justo de lo contrario: no dejamos que el agredido se tome vengativamente la justicia por su mano, le quitamos el derecho de hacerlo; pero, a cambio, asumimos el deber de darle nosotros al agresor su merecido, tras un debido proceso racional. Y no podemos fallar a la víctima ahí.

Ahora bien, si la sociedad asume la tarea del castigo, lo democrático será que esa misma sociedad decida, por ley, cuál es este. Y aquí nos topamos ya con un segundo argumento en pro de la prisión permanente revisable: casi el 80% de los españoles se muestra de acuerdo con ella, frente a solo un 15 % en contra. Además, entre los votantes de todos los partidos son más los favorables a esta medida que los que la rechazan. Con la curiosa paradoja de que sean justo los que votan al PSOE, que capitanea el rechazo a la misma, los que muestran más fervor por este tipo de prisión. Hemos de reconocer que pocas ideas como esta concitan tan amplio consenso entre los españoles: incluso algo tan característico entre nosotros como es el fútbol se queda un 30% de apoyos por debajo de los que tiene esta medida.

Aun así, quienes se oponen a la prisión permanente revisable habitualmente desprecian números tan impresionantes como estos. Su argumento para ello es que se trata de una perversión de la plebe española, demasiado soez para decidir aquí y demasiado irascible como para juzgar con propiedad. Soy el primero que no se toma lo que diga cualquier mayoría como palabra sacra de la diosa Democracia, de modo que no me parece este un argumento que debamos despreciar de plano. Sí debemos, en cambio, analizarlo cuidadosamente: ¿de verdad el apoyo de los españoles a la prisión permanente revisable es muestra de una supuesta belicosidad carpetovetónica que probaría nuestra ínsita rudeza y falta de civilización?

Basta echar un vistazo a la situación del resto de países del mundo para poner en tela de juicio que esto sea así. La prisión permanente revisable no es un vicio nuestro, sino algo de lo más común entre los humanos. Y entre los europeos: solo dos Estados de la UE (Portugal y Croacia) representan la excepción de no contar con una pena similar. En el mundo entero cabe añadir a Noruega (pero no al resto de escandinavos), Nepal, la República del Congo, Filipinas y algunas naciones iberoamericanas a esa lista. (Curiosamente, esas naciones iberoamericanas también están entre las que sufren más homicidios del mundo). El mapa del resto de la Tierra es elocuente a este respecto: casi todos los países, incluidos los más admirados (Canadá, Australia, Francia, Alemania, Holanda, Reino Unido, Dinamarca…), cuentan con prisión permanente revisable. Así, lo raro de España no es que la hayamos adoptado, sino lo tarde que lo hemos hecho con respecto al resto de la civilización.

Tampoco parece que organismo internacional alguno encargado de preservar los derechos humanos haya rechazado la prisión permanente revisable como irascible frenesí españolazo. De hecho, tanto el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, como diferentes tribunales supremos nacionales no le han visto nunca, allende nuestras fronteras, esa presunta inhumanidad.

De ahí que resulte extraño que aquí en España prácticamente todos nuestros catedráticos de Derecho penal se hayan manifestado en contra de esta pena y la hayan calificado de “inhumana”. Naturalmente, puede ocurrir que estos profesores sean más sabios y más humanos que los jueces del mundo civilizado. Y que ellos sí sean capaces de ver la incompatibilidad de la prisión permanente revisable con la democracia que casi nadie, dentro o fuera de nuestras fronteras, ve. Pero incluso gente tan sabia y bondadosa como ellos deben reconocer que se trata de una hipótesis un tanto improbable. Mientras que cabrían muchas explicaciones corporativistas al hecho de que exista tan poca discrepancia en su gremio. Y, por tanto, es bien legítimo que los demás no asumamos acríticamente su (minoritaria) opinión.

El resto de argumentos que se suelen dar contra la prisión permanente revisable resultan sencillos de desmontar. Algunos recurren a llamarla inconstitucional porque presuntamente iría contra la reinserción del condenado, algo que la Constitución prescribe. Pero basta pensar un poco para comprender que este tipo de prisión no solo no impide reinsertar a nadie, sino que justo pone ese requisito (que el preso ya sea capaz de vivir en sociedad) como meta antes de liberarle.

Otros dicen que este tipo de prisión no ha impedido que se cometan delitos horribles desde que se aprobó: argumento especialmente insensato, pues ningún castigo evita por sí solo que se cometan todos los demás delitos (asesinatos, violaciones, robos, corrupción) y ello no nos conduce a derogarlos todos. Y, además, es evidente que hay ciertos criminales reincidentes con quienes, si les mantenemos el mayor tiempo posible en prisión, cumpliremos la obligación de prevenir sus crímenes. Algo que, como empezamos arguyendo, es nuestro deber como sociedad humana, y lo que nos diferencia de los chimpancés.

Ahora bien, para finalizar, me gustaría mentar que no se trata solo de hacer más humanitaria nuestra sociedad gracias a la justicia, sino también de hacer más humano (dentro de lo posible) al propio criminal. Tomemos el caso de alguien que corta con una motosierra a sus propias hijas de cuatro y nueve años de edad (como hizo el único condenado hasta ahora en España por prisión permanente revisable; en Italia hay 1.600 presos similares, en Francia 550). Los contrarios a la prisión permanente revisable suelen decir que una condena tan larga afectará negativamente a la personalidad del preso. Pero ¿realmente puede empeorar mucho alguien cuya personalidad ya está en un punto tan bajo como para hacer algo así, alguien que casi roza el grado cero de cualquier calidad humana posible? Lo razonable es más bien pensar lo contrario: los demás tenemos la obligación de decirle claramente lo hediondo del punto al que ha descendido, y esforzarnos durante las décadas que haga falta por sacarlo del pozo de inhumanidad en que se halla. Si, en vez de eso, mostrásemos hacia él algún tipo de complacencia (como ocurrió hace poco, por ejemplo, con Rodrigo Lanza, que había dejado tetrapléjico a un policía en 2006, pero a quien el establishment periodístico y político mimó), le transmitiríamos un mensaje equivocado de connivencia que no auguraría nada bueno (como no lo auguró para Lanza, hoy presunto asesino).

Es nuestro deber, pues, no mostrar ninguna permisividad, ninguna laxitud (ni lasitud) ante un criminal así, pues le mentiríamos sobre lo fétido del modo en que ha organizado su vida. Le haremos un gran favor si, a pesar de lo económicamente costoso que resulta, le dejamos clara la enormidad de su degradación a través de un castigo no menos enorme. Cuando él cometió el delito, hizo que el mundo fuera un lugar mucho más repugnante; hemos de evitar que se vuelva aún más nauseabundo si no paga lo suficiente por ello, o si no capta esta idea. Y, por tanto, la prisión permanente revisable no solo nos civiliza y nos hace humanos, como ya hemos mostrado, sino que, además, como diría Leibniz, es un breve rayo de luz, justicia y belleza en medio de las terribles tinieblas que nos trajo el criminal. Es lo mejor que podemos hacer en su beneficio; pues tratarle mejor equivaldría a mentirle sobre cuán profunda es su iniquidad.

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