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Por qué implicarse

Cinco o seis individuos violaron presuntamente a una adolescente en la ciudad Chicago la pasada semana y retransmitieron la agresión en vivo a través de Facebook. El subtítulo que acompaña a la noticia en la mayoría de digitales relataba cómo hasta cuarenta personas, según la policía, fueron testigos en directo en la red social. Ninguno de ellos alertó a las autoridades de los atroces hechos. Fue la madre de la víctima la que hizo llegar a la policía de la ciudad imágenes capturadas del vídeo, que posteriormente fue eliminado de la red.

 

La sombra del caso de Kitty Genovese, la mujer que en 1964 fue asesinada en el distrito neoyorquino de Queens, es alargada. También una cuarentena de vecinos fueron testigos de la agresión mortal sin que uno solo de ellos reaccionara para evitar el trágico suceso. Entonces, el silencio del resto legitimó la ausencia de reacción de cada uno de ellos, dando pie al conocido ‘efecto espectador’. Hoy, parece que la condición de co-testigo digital contribuye también a diluir la responsabilidad cívica de quienes en solitud no tendrían dificultad en señalar el mal y replicar contra él.

 

Todo hombre es culpable del bien que no hizo, sentenció Voltaire. Penalmente resulta dificultoso e incluso imprudente en algunos casos atribuir delitos a testigos no involucrados en la escena del crimen, y sin embargo, cualquiera que se someta a un honesto examen de conciencia puede reprobarse el silencio ante la violencia, el odio y la humillación a las víctimas. Se insiste de manera escasa en el hecho, casi etimológico, de que la ‘publicación’ de cualquier contenido implica de manera inevitable el sometimiento del mismo al escrutinio de la comunidad. Todos somos responsables cívicos para alzar la voz ante hechos cuyos autores se sienten tan congratulados como para exponerlos públicamente. Es una labor de virtud ciudadana.

 

A diferencia del caso Genovese, ya no estamos en 1964. Debemos aprovechar las facilidades que nos proporcionan las redes sociales para la tarea. Como escribió en estas páginas Juan Claudio de Ramón, a veces las reacciones son exitosas, como en el caso del bus de Hazte Oír, y otras lo son menos: los insultos y vejaciones a los españoles desde la televisión pública vasca.

 

Los malhechores siempre serán los auténticos culpables del mal causado, pero si conseguimos hacer de la esfera pública una sala de penalización, denuncia y sometimiento de conciencia, no solo estaremos poniéndolos en su lugar haciéndoles miserables. Estaremos ejerciendo una pequeña parcela del bien y de cuya práctica virtuosa puede contagiarse también el vecino, amigo, conciudadano o seguidor.

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