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Por qué no soy feminista. Y por qué sí

Desde Platón, al menos, sabemos que ninguna cosa tiene el ser absoluto: ningún triángulo es un triángulo perfecto (salvo un triángulo ideal). Ningún humano reúne toda la esencia de lo humano (salvo la idea de lo humano, que al ser una idea no es una persona real). Ningún libro es el libro por antonomasia. Del mismo modo, nadie es la encarnación en la Tierra del feminismo, por mucho que pudiera complacerles a Barbijaputa o a Cristina Almeida parejo título. Todos tenemos en parte algo de feministas y todos tenemos otra parte que no. (Porque tampoco existe la encarnación en la Tierra del machismo, por más que ello incomode a la publicidad de ciertas activistas cuando hablan, sobre todo, de gente de derechas).

Yo, naturalmente, como soy un ente terráqueo, también tengo parte en que me identifico con lo feminista y otra parte en que desespero de ello. Esto resulta especialmente fácil con el feminismo, dado que hoy resultaría ignaro considerarlo como un solo movimiento más o menos unificado en torno a un racimo común de ideas. Al igual que el cristianismo, que ya va por los 30.000 grupos religiosos diferentes, hoy las feministas se encuentran divididas en bandos rivales e incluso agresivamente opuestos entre sí. Utilizar para todos el mismo nombre resulta, pues, tan confuso como lo sería llamar “fútbol” tanto lo que hace Cristiano Ronaldo en el Bernabéu como lo que hago yo con una lata para entretenerme por la calle. Se hacen necesarias las precisiones. Voy a explicar por qué y en qué sentido no soy nada feminista. Y en qué otro sentido sí.

En primer lugar, existe un feminismo radical al que doy este nombre no porque, todo pudoroso yo, lo considere demasiado radicalote, sino porque ellas mismas gustan de etiquetarse así: son las radical feminists o, en abreviatura, las radfems.

Esta rama del feminismo surgió en los años sesenta. A diferencia de muchas feministas previas, las feministas radicales decidieron que no bastaba con pedir iguales derechos que los hombres: cosa que por cierto sus madres y abuelas (con ayuda de sus padres y abuelos, todo sea dicho) ya había ido consiguiendo: derecho de voto, acceso a la universidad, etc. Las radfems pensaron que en realidad era toda nuestra cultura, todo Occidente, toda la historia los que estaban equivocados. No bastaba, pues, con cambiar esta ley discriminatoria aquí o aquella normativa que privilegiara a los varones allá. Vivimos según ellas bajo un sistema llamado “patriarcado” que nos infecta a todos en todo desde nuestra más suave infancia, con un poder contaminante que ya quisiera para sí el pecado original según Martín Lutero: todos somos machistas y siempre lo seremos; solo nos cabe intentar luchar día tras día, laboriosos, contra esta concupiscencia nuestra. El día de salvación solo llegará cuando hayamos destruido el patriarcado e instaurado en la Tierra un Reino nuevo, una nueva cultura radicalmente distinta en que las mujeres ya no sean meros objetos sexuales para todos (como ocurre, según las radfems, hoy), en que la violencia contra las mujeres no se halle, en el fondo, justificada por todos (como también sucedería, según ellas, hoy). Incluso cuando una mujer hace daño a otra mujer, desde esta perspectiva, la culpa sería del patriarcado, que divide a las mujeres para mantenerlas en sometimiento.

En este sentido, el sentido de las radfems, no soy feminista. No creo que “el sistema” o “el patriarcado” o “la cultura” sean los culpables de nada ni nos manchen definitivos de ningún modo. Creo que los hombres y las mujeres somos responsables de nuestros actos y no hay que esperar a ningún Mundo Nuevo Pospatriarcal para que las cosas vayan funcionando mejor. No creo que los hombres opriman siempre a las mujeres ni que las féminas sean siempre las víctimas de los varones. El mundo es un lugar muy complicado y las recetas sobre malos y buenos (o, mejor dicho, malos y buenas) que dan ideologías como el feminismo radical dañan nuestra agudeza para orientarnos en él.

Con todo y con eso, para las feministas radicales su mayor enemigo hoy en día no es la gente como yo que piensa estas cosas que acabo de exponer. (Si bien tampoco es que nos inviten a sus cumpleaños para que los amenicemos contándolas, todo sea dicho). Es otra iglesia feminista, la de las transfeministas, la que seguramente concita sus más sacras iras. Las transfeministas, en pocas palabras, vienen a admitir que ser mujer resulta muy complicado, pero que es igualmente complicado saber quién puede contar verdaderamente como mujer y quién no. Para empezar, por supuesto, están las personas que han nacido con pene, pero se identifican como mujeres (de ahí el prefijo trans- en el nombre “transfeminismo”, como quizá haya intuido el lector). Ahora bien, antes de que me manden un autobús los de Hazte Oír, aclaremos que no es solo en este caso en el que están pensando las transfeministas. Piensan también en general en todas las ocasiones en que cualesquiera, hombres y mujeres, podemos jugar diferentes roles, a veces más “masculinos”, a veces más “femeninos”. Creen que, si nos acostumbramos a juguetear con ellos, a no tomarnos tan en serio ni la idea de lo que es “portarse como un hombre” o “ser una buena chica”, seguramente podríamos vivir mejor, sin necesidad de abolir Nuestra Cultura Entera ni nada así.

Antes de seguir adelante me gustaría recordar algo a todos los que hablan de la “ideología de género” (que, como he argumentado ya en este otro artículo, no existe): seguramente, en varios casos, lo que queréis decir cuando habláis de esa presunta “ideología” se llama en realidad “transfeminismo”; vendría bien usar las palabras correctas.

No negaré que hallo cierto solaz en el transfeminismo; y he de desmentir que sea solo por la rabia que producen en el feminismo radical. En efecto, para una feminista radical la mera insinuación transfeminista de que desdibujemos la estricta raya que ella traza entre las mujeres-siempre-oprimidas y los machos-siempre-opresores conduce a menudo a brotes de histeria (que, seguramente, es una palabra también impuesta por el Malvado Patriarcado, pues procede del griego “hystéra”, que significa útero). También me gusta del transfeminismo que sugiere no tomarse demasiado en serio muchas posibles “opresiones”, precisamente como el mejor método para ir limando tales opresiones. Cuando un gay asume para sí el nombre de “maricón” con que intenta ofenderle un homófobo ha desactivado un tanto las tretas de tal homófobo; las transfeministas proponen hacer algo parecido en el caso de las mujeres. En un mundo donde cada vez hay más gente ofendida por todo tipo de cosas, que las transfeministas, y otros movimientos como ellas partidarios de la ironía, desactiven un tanto y con imaginación tales victimismos resulta reconfortante.

Con lo dicho, y aunque solo he esbozado dos escuelas hoy a la gresca en cualquier foro feminista que se precie, creo haber aludido también hacia qué otros feminismos me suscitan escaso entusiasmo. Todos los que exhiben victimismo, por ejemplo. O los que denigran todo lo masculino por el mero hecho de serlo. O los que, como las feministas marxistas, quieren pescar un cambio de todo nuestro sistema liberal, aprovechando que el revuelto río de la sociedad pasaba por aquí.

¿A qué feminismos, en cambio, me siento más cercano, sin pretender (los dioses platónicos me libren) ser yo el epítome de ninguno de ellos? A un feminismo liberal que aborrece que se niegue a las mujeres derecho alguno que los hombres sí tengan. A un feminismo que, cada vez que se discrimina a una mujer por el mero hecho de serlo, lo ve tan injusto como discriminar a alguien por el color de su piel o por la divinidad en que cree. A un feminismo que quiere leyes iguales para todos, pero no que todos (hombres y mujeres, gais y heterosexuales, zurdos y diestros) vivamos un tipo de vida aburridamente igual. A un feminismo, en suma, que sabe que aún muchas mujeres en muchos países sufren por el mero hecho de serlo; y no se obsesiona, por tanto, solo con los problemas de Occidente, que comparativamente son de una entidad a menudo menor.

Sepa el amigo lector, si se siente asimismo atraído por estas credenciales, que se le negará el carné de auténtico feminista en muchos círculos. Pero sepa también que no debería importarle mucho. Volvamos al mismo Platón con que empezábamos (quien, por cierto, fue de los primeros feministas que defendió que una mujer que estuviera capacitada para hacer cualquier trabajo, incluido el de gobernante, no debería ser discriminada solo por no ser varón). Decía él que nada bello se alcanza sin lucha. Y que nada hay más bello que la justicia. La cual, por cierto (y quizá en eso algunas feministas nos perdonen un tanto), poseía en griego nombre de mujer.

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