Gonzalo Gragera

Por una izquierda que

"En los últimos años buena parte de la izquierda en España, quizá la de mayor influencia en la sociedad, se ha vuelto muy dogmática y sectaria"

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Por una izquierda que
Foto: Emilio Naranjo
Gonzalo Gragera

Gonzalo Gragera

1991. En la actualidad colabora en la cadena COPE –Sevilla-, en Zenda y en The Objective. Su último libro es La suma que nos resta (Premio de Poesía Joven RNE), editorial Pre-textos.

No traerá el nuevo gobierno los propósitos de una izquierda que no se suele ver en los discursos parlamentarios y en las declaraciones públicas, aunque cada vez sean más los votantes de izquierdas que demanden esas políticas en los discursos parlamentarios y en las declaraciones públicas. Es cierto que son unos votantes aún dispersos, puntuales, que sobre todo comentan en conversaciones personales, privadas. Es habitual en la izquierda un temor a no parecer de izquierdas. El disenso de cualquiera de las tesis que predominan en la izquierda, aunque sea un disenso que proponga, no que rechace, será visto como una idea sospechosa de ser de derechas. En los últimos años buena parte de la izquierda en España, quizá la de mayor influencia en la sociedad, se ha vuelto muy dogmática y sectaria.

La política representativa de hoy se mueve en función de las sensibilidades políticas de la sociedad. Su ideario depende de hacia dónde se oriente el discurso general de cada ideología. Lo hemos visto en un Casado o un Rivera que usaron un lenguaje cada vez más contundente tras la aparición de Vox; o en esa actitud de moderado profesor universitario de Iglesias, cuando leía la Constitución con un tono pausado y didáctico en los debates de la televisión. La política representativa de hoy es una política efectista, donde las decisiones y los idearios se preparan según lo quieran los votantes de cada partido. Es en cierto modo inevitable, pero el problema de este exceso de política en función de la coyuntura de cada momento es que así no se puede hacer política a largo plazo. Y en ocasiones, no se puede siquiera hacer política responsable.

Pero aun así, incluso con este contexto, habrá que decir que hay quien espera una izquierda que comprenda que España ha cambiado en cincuenta años, que hoy día el nacionalismo, los nacionalismos, no son ideologías minoritarias que necesitan una entregada y desmedida atención política, sino que son ideologías excluyentes y esencialistas que van contra los principios básicos de cualquier ideario de izquierdas: generan desigualdad, son clasistas por causas etnolingüísticas. Una izquierda que olvide y reflexione conceptos tan desfasados como la conveniencia de la desobediencia civil (¿justificamos a los defraudadores de impuestos?) o que cambie ese carácter tan frívolo, naif, cuqui y sentimental de los últimos años. Una izquierda que atienda los hechos desde el contexto de los propios hechos, no desde el cínico  interés partidista, tendencioso y estratégicamente dramático, en asuntos que afectan al ecologismo o al feminismo.

Por una izquierda que se desentienda del lenguaje bronco del apóstol tuitero, y que abra un debate riguroso y adulto sobre la educación, sobre las prestaciones sociales, sobre la natalidad, sobre las universidades, sobre las pensiones, sobre la prostitución, sobre Europa, sobre la globalización. Sobre el tiempo del poscapitalismo, sobre los nuevos contextos ideológicos, sobre las interesantes respuestas que nos generan disciplinas como la bioética. Por una izquierda que no sabemos si va a venir, pero por la que habrá que ir.

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