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Portavoz del Govern, musa de la Renaixença moderna

"Señora Budó, adalid de la lengua catalana, musa de la Renaixença moderna, no reniegue usted de esa parte suya del cerebro que retiene y produce en castellano"

Foto: Govern Generalitat | Twitter

Desde hace unos años vengo a estas columnas bisemanales para soltar todas las tripas que la clase política me obliga a vomitar en materia lingüística. Intento contenerme, de verdad, pero no paro de toparme con especímenes, cada cual más infame, cuyo único fin consiste en restregar por las posaderas de su propaganda electoralista la riqueza lingüística que cada individuo acumula. La última en llevar a cabo este repugnante ejercicio de defecación idiomática ha sido la portavoz del Govern catalán, una tal Meritxell Budó, quien se negó este pasado martes a contestar a las preguntas que venían formuladas en castellano, imponiendo una regla tan surrealista como pueril: según esta señorita, las preguntas en español habrían de pasar por meras repeticiones de las ya formuladas en catalán, siempre con esta última como lengua prioritaria.

Ya no es por la desconsideración que esta dizque portavoz demuestra hacia aquellos periodistas que, sin tener la capacidad de hablar catalán, quedan relegados a una esquina oscura del cuarto, sin poder preguntar, como tratándose de una novela orwelliana hortera, de un régimen totalitario digno de otro siglo; es que ya es por ella misma. Señora Budó, adalid de la lengua catalana, musa de la Renaixença moderna, no reniegue usted de esa parte suya del cerebro que retiene y produce en castellano: al contrario de lo que su triste educación panfletil le ha hecho creer, el conocimiento y la difusión del idioma español, así como la riqueza y profundidad de su literatura, son por tradición histórica tan suyos, barcelonesa ilustre, como míos, segoviano crepuscular. No se deshaga de la cultura que lleva encima, señorita, que no parece sobrarle.

Dicho esto, el episodio solo responde a una tendencia tan triste como acentuada últimamente. El lenguaje se ha convertido en un arma política, alejado de su fin natural, el de favorecer la comunicación entre individuos y pueblos, para perseguir casi el objetivo contrario, es decir, la incomunicación, el aislamiento. Y no llega este mal solo desde regionalistas ordinarios de la talla de la señora Budó. Dentro del nacionalismo patrio, tan casposo como aquel, no se quedan cortos. Hace unos días, aprovechando el Día de las Letras Gallegas, abogaba yo en redes por la necesidad de que los españoles fuera de Galicia no sintieran el idioma galaico como un rasgo cultural gallego, sino como un rasgo cultural español, del mismo modo que nadie ve la catedral de Burgos como patrimonio cultural reducido al ámbito burgalés. Se pueden imaginar la cantidad de perfiles con banderita en ristre y lemas de «Santiago y cierra, España» que vinieron a afearme el comentario. En fin, si pudiera yo dar consejos, diría: aprovechen la riqueza cultural que sus lenguas les ofrecen, e intenten escarbar en las que, por naturaleza, tienen la mala suerte de desconocer. Y hagan lo que no he hecho yo: aguanten la náusea y obvien a esta ralea de nacionalistas que más abogan por destruir la cultura (creen que) ajena que por proteger la propia.

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